El resultado nos da igual



Calculo que sucedería a principios de la década de los noventa, tal vez durante la temporada 90/91, aunque quizá fuera durante la 92/93. En cualquier caso, justo antes del nacimiento de Internet. Mi padre llamaba por teléfono a la redacción del periódico local y preguntaba a la persona que descolgaba el resultado del equipo más representativo de nuestra ciudad, que por entonces jugaba en Tercera División y cuyos partidos no eran retransmitidos por la radio. Para alguien que haya nacido siendo un nativo tecnológico, esto puede resultar más propio del Neolítico, pero así funcionaban las cosas en la era analógica; no existía la inmediatez, el tiempo real, el streaming, y teníamos que esperar a que acabasen los partidos para llamar a la redacción y preguntar el resultado por vía telefónica. No era por tanto una app ni una web ni ninguna otra aplicación con tres letras quien nos daba el resultado, sino una voz, una persona, un ser humano. 

Poco después me atreví a realizar la operación sin la ayuda de mi padre; memoricé el  número de teléfono de la redacción y comencé a llamar todos los domingos que mi equipo jugaba fuera de casa. Descolgaba el enorme auricular, cuyo largo duplicaba el de mi cabeza, y soltaba en el aire la frase: "¿Me puedes decir cómo ha quedado el Zamora?". Había justo después un instante (un segundo, algo menos tal vez) de tensión que me erizaba el vello. Había nervios. Había un hueco espaciotemporal por el que se colaban todas las posibles combinaciones de resultados. Todo comenzaba con un impersonal: "Ha...", que podía continuar con "...empatado, ganado o perdido". Luego venía el resultado: 1-0, 1-1, 2-1 o el guarismo que fuera. Entonces respiraba; me favoreciese o no el resultado, respiraba, pues no tenía que soportar más incertidumbre. 

Hoy día, tantos años después, me pregunto quién sería aquella persona que descolgaba el teléfono y me transmitía el resultado con frialdad y cierta indiferencia. ¿Era un redactor de la sección local? ¿Uno especializado en deportes? ¿Quizá un administrativo? ¿Un recepcionista? Poco importa ya, pues para mí era un Dios. Era un auténtico motor de búsqueda. Era Google. Era el ser que todo lo sabía. La persona que me suministraba alegrías o tristezas los domingos por la tarde. El hombre de los resultados. Y es que, por entonces, el resultado era importante. Era algo fijo, invariable, inmutable. Algo que solo descubrías una vez terminado el partido, cuando ya nada podía cambiar. Era irreversible. Era dramático. Hoy día, sin embargo, es algo dinámico; algo que puedes vivir en directo de formas muy distintas; algo que muta  a través de las webs, de las apps o de las televisiones digitales. Son cientos los modos de seguir un partido. Poco importa si este es de Primera División o de Tercera. El resultado no tiene emoción, no tiene tensión, es ornamental, no significa nada una vez transformado en la alerta de un móvil, en un aviso continuo, en una notificación. En resumen: la emoción de los resultados depende de la inmediatez y esta, a su vez, de la conexión.

Internet ha cambiado por lo tanto la comprensión del espacio-tiempo, algo que, como sucediera en su día con la invención de la máquina de vapor, ha modificado nuestra relación con el entorno, pues el mundo viaja, por definición, a una velocidad de vértigo. O dicho de otro modo: lo digital ha acortado el espacio como si fuera un agujero de gusano, precisamente para reducir también el tiempo.

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