lunes, 16 de abril de 2018

Fe de etarras, una película de Borja Cobeaga


 
Será que uno quiere dejar margen para la sorpresa o quizá ciertas producciones de plataforma de pago se hayan ganado nuestra confianza debido a la calidad de sus productos y, por qué no decirlo, al despligue publicitario que alcanza a decorar grandes cornisas y marquesinas. Sea lo que sea, la requeteanunciada y polémica producción de Netflix prometía una nueva visión del conflicto vasco, aunque esta vez sin el conflicto vasco; una revisión original; otro punto de vista; una comedia que se alejara de la fórmula de los Ocho apellidos vascos...  
 
Una vez terminada la lucha armada de ETA, han proliferado en el mercado los libros y cintas sobre el asunto. Mención aparte para Patria, la novela de Aramburu, que se ha convertido en un best seller, pues parece que ha abierto de lleno la caja de Pandora sobre el tema; un tema que suele interesarnos por haber sido el pan nuestro de cada día durante varias décadas. La buena noticia, además, es que hoy día, con la actividad de la banda interrumpida, es más fácil retratar a los asesinos que cuando aún empuñaban las armas; al menos nos aseguramos de tener una visión más objetiva, sin sobornos, ni coacciones, sin respeto ni miedo.
 
Las credenciales que presentaba a priori Fe de etarras eran por lo tanto prometedoras. Sin embargo, he de decir que me he encontrado con una cinta que baila entre los géneros porque no sabe muy bien cuál es el suyo; una historia que se debate entre la comedia y el drama sin llegar a tener nada exclusivo de ninguno; una visión obvia y grotesca del fin de ETA que se salva de ser enviada a la hoguera por tener dos o tres gags realmente originales y graciosos con los que, eso sí, te tronchas gracias al humor cáustico del texto y a la calidad artística de los cuatro interpretes. O dicho de otro modo; Fe de etarras es un texto que se mueve entre el humor y la tensión argumental. Pues esto de ETA, aunque dé para hacer una comedia, es una cosa seria, y el personaje de Javier Cámara se encarga de recordarselo al espectador cada vez que se enfada. Y es que los personajes no dejan de ser caricaturas de unos etarras poco profesionales que nos hacen reír con su torpeza. Un tono que salta desde la Hora chanante a Vaya semanita pasando por los dramas realistas españoles de mediados de los noventa, época en la que ETA era utilizada como material narrativo de forma recurrente. 
 
En Fe de etarras tenemos un grupo de terroristas (de los cuales solo dos son vascos), que forman uno de los últimos comandos de la banda y cuya misión es esperar instrucciones en los días en los que la Selección Española gana su primer Mundial. A partir de aquí se producen una serie de situaciones surrelistas y cómicas que serán la base de la cinta, dejando de lado por pura inoperancia todo lo que pretendía ser “lo demás”: el ocaso de la banda, la tristeza de creer en un ideal ya muerto y apestoso, los choques culturales entre españoles y vascos, los conflictos entre los personajes, los giros argumentales...
 
Elementos que existen pero sobre los que, ocultos en el bien enmascarado tono de comedia, se pasa de puntillas y que me sirven, de paso, para hacer una crítica a Netflix, plataforma que, aunque ofrece un precio razonable, adolece tal vez de una oferta sólida de producciones propias y posee unos limitados recursos de videoclub. No obstante, esta es la primera vez que comento aquí una producción de una plataforma digital, y lo he hecho como si fuera cualquier otra película, obviando por completo (y así ha de ser) que no circula por los canales habituales de distribución. Mucho más fácil así, más accesible, más barato. Qué carajo, aunque soy un amante de las salas de exhibición, no piebso que el uso de otros soportes sea negativo. ¡Bienvenidos al mundo de hoy!

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