miércoles, 27 de diciembre de 2017

Guerra y Paz, lo decimonónico como novedad editorial


No sé qué se puede escribir sobre algo de lo que todo se ha dicho ya. No sé si merece la pena añadir unas notas a la amalgama de estudios, opiniones y críticas que sobre ello se ha acumulado a lo largo de la historia. No sé si en realidad voy a plasmar mi opinión porque lo necesito o porque me siento autorizado o porque realmente creo que puedo aportar algo más a un debate inexistente al que además llego bastante tarde. Sea como fuere, me dispongo a volcar sobre este papel digital que el procesador de textos me ofrece mi particular visión sobre una de las más grandes novelas de la historia de la literatura. Y quiero hacerlo además sin pensar mucho, sin revisar otros estudios; como suele decirse de forma vulgar, a bote pronto, sin reflexión ni pausa, enfervorecido por el entusiasmo de mi gesta; hazaña similar a la de escalar una gran montaña, pues necesitas semanas de aclimatación, campos de altura y sobre todo una mentalidad muy fuerte. Pero, al igual que la actividad montañera, el proceso de lectura ayuda a liberar endorfinas y, tras alcanzar la cumbre y descender, uno siente un placer excelso. 

Guerra y Paz traspasó en su momento las estancas reglas de la novela y, en un alarde de genio por parte de su autor, aunó la narrativa con el ensayo y la crónica; lo que a día de hoy se conocería en términos críticos como una obra que combina la ficción y la no ficción. En un breve y sintético repaso por el argumento diríamos que la obra relata la vida de cinco familias aristocráticas rusas durante las campañas de Napoleón y combina con maestría la interacción entre los personajes con aspectos técnicos de la táctica militar y brillantes apuntes sobre la política, la historia y el historicismo que de ella se desprende. Cabe reseñar también, como peculiaridad, el hecho de que en la narración aparezcan personajes reales ficcionalizados, como el General Kutúzov o el propio Napoleón Bonaparte. Así las cosas, estamos ante una suerte de novela de género antes de la aparición de los géneros.

Mención aparte merecen los capítulos dedicados a la crónica bélica, o dicho de otra manera, al estudio de la guerra desde un punto de vista histórico. Sobre todo porque Tolstói es capaz de demostrar cómo cambia la historia según quien la escriba, puesto que los historiadores de la época se basaban en cartas, mandatos y circulares que muchas veces, ante el devenir de los acontecimientos, nunca se cumplían. La obra sirve también para analizar las campañas napoleónicas; uno de los mayores conflictos bélicos generados hasta aquel entonces, con enormes movilizaciones de hombres y de recursos. Y para constatar que el paso del tiempo modificó la versión de los hechos, el autor se atreve a analizar los porqués de la gran derrota francesa, que, lejos, de deberse a la dureza del terreno y el clima, se debió a las sabías decisiones y la paciencia del viejo general Kutúzov, que supo batirse en retirada para conseguir la victoria. 

Pero quizá la grandeza de la novela resida sobre todo en la precisión para desgranar el alma humana. Son multitud las reflexiones y pensamientos, o incluso las descripciones, con las que uno puede sentirse identificado hoy día; situaciones cotidianas de la vida que entendemos pero nunca hubiéramos sabido describir con la precisión de maestro con la que lo hace Tolstoi. Es tal la capacidad para explorar el alma humana y ofrecérsela al lector que éste no puede menos de subrayar una frase tras otra, una cita tras otra:

«La belleza no hace nacer el amor, es el amor quien hace la belleza.» 

«La mente humana no puede comprender la continuidad absoluta del movimiento. Las leyes de cualquier clase de movimiento son comprensibles para el hombre a condición de que examine, separando arbitrariamente, las unidades de que se compone.» 

«En la historia es inevitable el fatalismo para explicar sucesos irracionales (es decir, aquellos cuya sensatez no comprendemos). y cuánto más intentamos explicar racionalmente estos fenómenos históricos, tanto más faltos de razón e inconprensibles nos parecen.» 

Aunque en mi opinión, el hecho que más engrandece la novela es el estilo. Maravilloso e hipnótico. Cabe apuntar aquí que la traducción es de vital importancia, y en función de la edición que uno lea, tendrá mejor o peor impresión del estilo. En mi caso he tenido la suerte de leer la traducción realizada por Lydia Kúper para la edición del Taller de Mario Muchnik, una joya de libro, pues el resultado es una prosa fluida, sonora y preciosa que consigue transmitir las imágenes con claridad y belleza. Como decía Vila-Matas en un artículo reciente: «Tomar un fragmento de griego y ponerlo en inglés sin derramar una gota ¡qué agradable destreza!» 

Al igual que en La muerte de Iván Ilich, Tolstói bucea en las profundidades del ser humano para, no solo confrontarnos con la muerte, sino también darnos un buen dibujo de los misterios de la vida; la vida y la muerte, la paz y la guerra; un carrusel de vitalidad y realismo que no decae en las mil ochocientas páginas de la novela. La lectura de la gran obra de Tolstói se convierte pues en el paroxismo del placer para cualquiera que ame realmente la lectura. No se trata solo de los retratos humanos, de la precisión del análisis que se produce al examinarlos, es  también un manual sobre nuestra especie. Algo que sin embargo, en la época en que fue publicado no se entendió como tal. Como hemos explicado más arriba, aunque trata temas habituales en la novela decimonónica, como el amor, la familia, la espiritualidad, los matrimonios concertados, la traición, y contiene elementos clásicos como los duelos, Guerra y Paz no es una novela tradicional; rompe por completo el convencionalismo y abre la puerta a una nueva forma de narrar. Su trascendencia llega hasta nuestros días con la frescura de una novedad editorial. Así pues, creo sinceramente que cualquier lector que se precie debería leer esta novela antes de morir. 

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