martes, 25 de julio de 2017

Dunkerque, de Christopher Nolan, una forma de visitar la guerra


Salí de la sala entusiasmado, tanto que le envié un mensaje a mi amigo José Ángel Barrueco en el que le decía que Nolan había reinventado el género bélico. Mi intención era que acudiese a ver la cinta cuanto antes y así poder comentarla. No tuve en cuenta, sin embargo, que Barrueco es uno de los más grandes cinéfilos de este país; había acudido al cine al mismo tiempo que yo, a primera hora de la tarde del domingo; un momento ideal para sumergirse en esta experiencia audiovisual que funciona como una suerte de parque temático de la guerra: una vez dentro, puedes ver, oír y sentir lo mismo que un piloto de un caza o un oficial de la Armada. Lo mismo excepto el frío, el miedo, la cercanía de muerte y el insoportable dolor de cabeza que provocan las explosiones. No hay que olvidar que el cine se visualiza a través de una pantalla y lo que “vivimos” lo hacemos sentados en una cómoda butaca. En cualquier caso, lo que Nolan consigue es lo más parecido a una vivencia real que he experimentado con el cine bélico. 

Como antaño hicera Kubrick, Christopher Nolan es capaz de reinventar todo lo que toca, desde un clásico de superhéroes, hasta una peli bélica, pasando por una historia de ciencia ficción. Y siempre con un toque personal, unas lentes y unos ángulos, una forma de rodar intensa, mucha cámara al hombro y poco desglose, una narración que rompe algunas reglas clásicas. Veamos: la cinta está estructurada por medio de tres acciones paralelas que, como es de esperar, confluyen, o chocan, más bien, en un punto climático. Se trata de la acción en el cielo, con los cazas, la acción en el mar, con los barcos que intentan el rescate de los soldados, y la acción en la tierra, con las peripecias de aquellos que se encuentran atrincherados en la playa de Dunkerque, rodeados por los alemanes, que solo le dejan una salida: el mar. La primera hora es de una intensidad que agota, podríamos decir que el primer acto es la parte más potente, llena de acción, y que los otros dos reducen el ritmo paulatinamente hasta el epílogo.

Nolan no consigue que sintamos frío (eso ya lo hacen los empleados de la sala de exhibición con la potencia del aire acondicionado), pero sí es capaz de transmitir la sensación de que los personajes lo están sintiendo. Del mismo modo, también consigue que volemos subidos en un Spitfire o que apretemos los dientes para que los soldados aliados alcancen las trincheras antes de que los alemanes les llenen la espalda de plomo. Y esto hay que valorarlo como un logro, pues en la cinta de Nolan la épica es moderada y el drama se presenta crudo, sin edulcorantes. En el montaje, el uso de la música no busca la emoción y la lágrima fácil, sino la tensión que genera una atmósfera opresora, la de la guerra. Dunkerque se convierte así en una suerte de documental de ficción en el que se nos narra uno de los rescates más insólitos de la II Guerra Mundial. 

La batalla de Dunkerque supuso uno de los mayores desastres del ejército aliado. Ingleses y franceses quedaron rodeados y atrapados contra el mar en la localidad francesa, esperando un rescate imposible, pues los aviones alemanes destruían, uno tras otro, los barcos de la armada británica que acudían al rescate. Así las cosas, Nolan nos cuenta la historia del inversosímil rescate, pero más que contarnos la guerra, como hacen la mayoría de películas bélicas, nos habla de solidaridad y resistencia; del apego a la vida y la importancia del compromiso; de las consecuencias que implica un conflicto armado; de la estupidez del hombre. Y lo hace sin que podamos pestañear, con una intensidad y un ritmo frenéticos que convierten el visionado en una experiencia de realidad virtual. Sólo hace falta que en la próxima sea capaz de que seamos nosotros quienes aprietan el gatillo… 

1 comentario:

Lupita dijo...

Bonita redacción.
Y cuánto paleto pedante que no reconoce la maestría de Nolán.