viernes, 30 de junio de 2017

Yo confieso, de Jaume Cabré


A decir verdad, he leído Yo confieso gracias a una de las muchas formas en que se presenta la casualidad. Resulta que alguien en quien confío, un gran lector, me la recomendó como una gran novela, una de esas que tarde o temprano hay que leer; podría ser  “la Gran Novela Catalana o incluso una de las grandes novelas europeas”, me dijo. Así las cosas, acudí a una biblioteca pública y tomé prestado un ejemplar, pues no está la economía para adquirir en propiedad todo lo que uno lee. No obstante, tras comenzar su lectura, seré sincero, me asaltaron las dudas, sobre todo debido a la dimensión del volumen, pues más que una novela parecía el tomo de una enciclopedia, casi novecientas páginas en tapa dura. De modo que decidí esperar unos días antes de resolver si seguir con ella o abandonarla. En ese impasse, se produjo en mi vida un cambio radical e inesperado que acarreó finalmente una mudanza y construyó, por ende, un insólito escenario de carestía libresca. Me explico: tenía todos los libros empaquetados en cajas y me vi obligado a continuar la lectura de Yo confieso una mañana que, desesperado como un yonqui, busqué por las esquinas cualquier libro que pudiera echarme a la boca. Dicho esto, me alegro mucho de que las circunstancias me dirigiesen a ese punto de no retorno, al momento en que comencé a leer las andanzas del inolvidable personaje Adriá Ardévol, pues ya no pude parar hasta la página 850, la conclusión de la historia, el final.

Entendido como un género, me encanta el Bildungsroman, ese tipo de novela de iniciación en las que un muchacho nos aporta el punto de vista que del mundo obtiene un niño. La visión de la familia, los mayores, eso que llaman adultos, y la evolución de ese personaje hasta entender, o no, los mecanismos que hacen girar el planeta para que interactúen nuestras vidas sobre su superficie. De este modo, Jaume Cabré nos presenta a un niño que viene al mundo en un entorno familiar con ciertas peculiaridades. Su padre regenta una tienda de antigüedades y vive totalmente absorbido por su negocio. Lo único que espera de su hijo es que sea políglota. La madre, por su parte, también deposita en el infante sus esperanzas profesionales a base de proyectar en él sus frustraciones, puesto que pretende que sea violinista. Pero lo que realmente le gusta a Adriá es la Historia. Y esta novela no es sólo la historia de Adriá, sino el equivalente de su relato en un conjunto que abarca parte de la historia europea y del siglo XX en general. Una suerte de Historia novelada.

En una obra de casi novecientas páginas, que además salta en el tiempo a su capricho y que, mención aparte, presenta una original forma de narrar que consiste en cambiar de voz narrativa en función de la veracidad del relato (Adría escribe en primera persona lo que le sucede a él y cambia a la tercera omnisciente si aquello que cuenta no lo ha vivido él, sino que lo ha leído o se lo han contado), ha de poseer a la fuerza un hilo argumental que recorra la obra de forma subterránea. Se trata en este caso de un violín. Un storioni. Un valioso instrumento fabricado en el siglo XVII que el padre de Adriá adquiere de forma moralmente dudosa y cuya historia nos ayuda a recorrer la historia de Europa. Esto hace avanzar la trama y otorga intensidad al relato, puesto que el violín se convierte en una suerte de mcguffin. Se trata en mi opinión, del mayor acierto de la novela; dirigir el foco de la tensión dramática hacia un objeto de valor económico, pero sobre todo sentimental, que servirá de fuente de conflictos. Pero Yo confieso es también  una carta de amor sincera y desesperada. Un canto al fracaso al que todos aspiramos, que no es otra cosa que la muerte.

Existe una tercera línea argumental en forma de falso ensayo: el que pretende escribir el protagonista, sobre el origen del mal y su independencia, pues éste no pertenece a una persona sino que conquista y atrapa a cualquier ser humano que en un momento dado sea invadido por malos sentimientos. Pues bien, esta cuestion queda inacabada y poco definida, como si no tuviera importancia cerrarla al margen de los personajes. Y es que son algunos de esos personajes la ejemplificacion del mal, como el padre de Adriá, Félix Ardévol, pragmático y avaricioso hasta el límite, amante indiscreto, mal marido y deficiente padre; una persona dedicada a su negocio, sus propiedades y su dinero. Pero también alguien con un despacho que derrocha sabiduría a través de unos anaqueles llenos de libros y objetos antiguos y valiosos que nos retrotaen, a través de digresiones, a un pasado reciente donde la humanidad se volvió loca; a las guerras, el exterminio y la barbarie. El despacho del señor Ardévol es por tanto una puerta hacia la sabiduría y el conocimiento, pero también un agujero de gusano que lanza a Adriá al pasado por medio de los objetos que toca. Un pozo sin fondo para cualquiera que guste de aprender, de conocer el mundo que le rodea, y el que le rodeó.

Y luego está la memoria, la que el protagonista pierde, o las memorias, las que el protagonista escribe, pues la única escapatoria a la pérdida de memoria, al Alzehimer, es la escritura, la construcción de un relato, de una novela; los secretos de un padre y una familia cuyos miembros apenas se conocen entre sí. La plasmacion ficionalizada que se construye en un texto como éste ha de hacerse a traves de recuerdos, y los recerdos son imprecisos, fallan, engañan y manipulan como lo hace la ficción, como lo hacen los narradores de esta obra con hechuras de gran novela; un recorrido por la historia reciente y sus consecuencias. Tal vez un intento fallido de escribir una obra maestra que sin embargo da como resultado una buena novela. 

Yo confieso, de Jaume Cabré. Destino, 2011

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