miércoles, 17 de mayo de 2017

Stefan Zweig: adiós a Europa, una película de Maria Schrader


Como lector y admirador de la obra de Stefan Zweig tuve claro, desde el mismo momento en que supe de su existencia, que recorrería la Península, si fuera necesario, para acudir a una sala de exhibición a ver el biopic del gran autor alemán. La expectación era máxima. Así las cosas, pocos días después de su estreno en España me dirigí a una de esos cines que proyectan rarezas de festival en versión original:


Eran las diez de la noche de un día laborable y el cansancio comenzaba a manifestarse en mi cuerpo, pero sobre todo en mi mente, cubierta de un espeso manto de nubes bajas. La película comenzó de forma prometedora; con un plano secuencia fijo de gran duración que narraba una recepción a Zweig y su esposa en Brasil. Lo que vino después fueron una serie de secuencias larguísimas que abarcaban momentos determinados de la vida cotidiana del exiliado Zweig; imágenes que ayudan a componer el perfil del personaje a través de los diálogos: conversaciones sobre su obra, sobre su vida en pareja y su pasada vida en pareja, sobre su pensamiento político y su negativa a criticar públicamente el nazismo, sobre su sensibilidad de artista. Esta estructura parece basarse más en el arte del documental que en el arte dramático. Los conflictos, aunque existen, como queda claro al final, apenas se aprecian, y el ritmo y la monotonía conducen al espectador a la somnolencia. Me resulta difícil creer que existe alguien que no ha perdido la atención por un instante durante el visionado. Mi caso fue peor, pues, como comentaba arriba, llegué tarde y cansado al cine y, mediado el segundo acto, comencé a sentir que el peso de mis párpados era más fuerte que mi voluntad, y tuve que hacer un gran esfuerzo por recuperar la compostura y no caer dormido. Y es que, en realidad, la película provoca sopor.


La directora, Maria Schrader, ha querido hacer de esta pieza una obra hiperrealista. Sin música, sin efectos, sin nada que modifique el estado de ánimo del espectador. Una narrativa cruda y ligera, sin artificios. Y el intento es muy loable, pero la narración apenas genera sensaciones; no hay drama, no hace vibrar al espectador; todo es tan neutro, tan aséptico, que cuando llega el clímax, esperado por conocido, no queda lugar para la sorpresa y la emoción y el espectador no puede hacer más que disfrutar con la estética de la fotografía, pues el plano-secuencia final, eso sí, es técnicamente soberbio. Además de muy metafórico. Más allá de eso, repito, ni con un acercamiento a la historia más entusiasta que el mío de aquella noche es posible sentir nada que haga pensar que estamos viendo cine, en vez de una historia documentada y documental. Para mí, una gran decepción esta historia que nos acerca los últimos años, los años del exilio, de uno de los autores más grandes del siglo XX. Lo positivo: gracias al realismo de la cinta, podemos formarnos un idea aproximada de la personalidad del escritor: melancólico, huraño, tibio, algo cobarde. Un poco como la película misma. 

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