martes, 22 de noviembre de 2016

Viaje por la Europa mágica: cinco destinos alternativos

Descubridores. Aventureros. Exploradores. El afán del hombre por conocer territorios remotos e inexplorados existe desde muy antiguo. Se trata de una consecuencia lógica de la curiosidad y la inquietud de los humanos por acercarnos a lo desconocido. La necesidad de abandonar el sedentarismo y escapar de casa en busca de nuevos territorios, gentes y culturas se ha potenciado en las últimas décadas gracias a la proliferación de las compañías aéreas de bajo coste y el aumento de la oferta hotelera. Hoy en día, visitar alguna capital europea para pasar unos días de vacaciones, un puente o un fin de semana está al alcance de muchos. Bruselas, Lisboa, Berlín, Praga. Pero existe también otra Europa. Una Europa menos conocida y visitada. Una Europa oculta que mantiene la esencia primigenia que nos impulsa al viaje; una necesidad casi fisiológica que nada tiene que ver con el esnobismo o la tendencia, sino con la búsqueda de los hallazgos. Algo que sin duda ha influido a la hora de elegir los cinco destinos que recorre este texto. Un viaje a lo largo del cual visitaremos ciudades cargadas de esencia y goticisimo, de bruma y de misterio, de historia y de vidas al límite, de supervivencia y autenticidad. Urbes alejadas de los parques de atracciones turísticos en que se han convertido Roma, Londres, París o Barcelona.



1.     Annecy (Francia)

Suele elogiarse con entusiasmo la belleza de lugares como Brujas, Praga o Siena. Ciudades históricas y monumentales que, de tan bien conservadas, parecen un decorado erigido en medio del desierto; una composición ficticia donde los turistas, atraídos por la fuerza de la estética, se convierten en una masa densa que todo lo inunda. Annecy, sin embargo, alberga en sus viejas calles la verdadera esencia de un pasado que, afortunadamente, nunca pudo escapar de su núcleo urbano. En consecuencia, su casco antiguo parece un mercado medieval gigante y permanente donde el carnicero, el panadero y el mesonero no interpretan otro papel que el de sus propias vidas. Annecy no es pues una ciudad histórica, sino una suerte de máquina del tiempo.

La localidad está situada en un enclave maravilloso; a los pies de un lago de aguas turquesa y muy cerca de las primeras estribaciones alpinas, lo que dota al entorno de esa tonalidad verde botella cuyo pigmento sólo se encuentra cerca de las montañas. En mi caso, el descubrimiento de Annecy fue pura casualidad; una tormenta terrible me expulsó de Chamonix, a los pies del Montblanc, y me obligó a buscar refugio en alguna ciudad de tamaño medio en la región del Ródano-Alpes. En cualquier caso, merece la pena desviarse para visitarla, pues Annecy es uno de los destinos más pintorescos de Europa. Y no sólo por su geografía, sus monumentos o su red de canales (que la han llevado a ser conocida como la Venecia francesa -en muchos países hay una Venecia nacional y en algunos casos la comparación es un insulto-), sino también porque es un verdadero ejemplo de Vieille Ville: con su Rue Sainte-Claire y sus arcadas, su château y su catedral, sus puentes de época y sus viejos edificios engalanados con geranios. Una villa que, a diferencia de la mayoría de ciudades medievales europeas, rezuma autenticidad. 
  


2.     Tallin (Estonia)

Aun a sabiendas de que la ciudad de Tallin es una capital monumental, con sus murallas y sus tejados rojos y sus iglesias ortodoxas y luteranas, uno espera que exista en su casco histórico algún vestigio comunista, algún bloque gris de edificios, alguna plaza cuadriculada y racionalista de grandes dimensiones que recuerde el pasado soviético de la ciudad. Sin embargo, lo que el viajero encuentra es una ciudad muy bien restaurada donde coexisten dos elementos que la hacen peculiar, a saber: el clima y la influencia eslava; una pureza nacional que la diferencia de ciudades como Brujas, Amberes o Gante. Destaca en el centro histórico la antigua la Plaza del Ayuntamiento. En ella el edificio comunal actúa como foco de atención y punto de fuga. No hay nada más en el espacio central; los cafés, bares y restaurantes se encuentran en los bajos de los edificios que forman su contorno, donde, además, permanece a pleno funcionamiento la farmacia más vieja de Europa.

Tallin está dividida en dos partes; la ciudad baja, con la plaza del Ayuntamiento como epicentro, y la ciudad alta (sobre la colina de Toompea), donde se ubican las dos catedrales y el parlamento. A esta parte se accede por dos calles empedradas (conocidas como la pierna corta y la pierna larga) que merece la pena ascender. Desde el mirador se puede contemplar esta capital de tejados exangües y piedras ancestrales. Y también el horizonte brumoso sobre cuyo primer plano caen copos de nieve en una suerte de baile ancestral.  La ciudad vieja, con su trazado gótico, te obliga a perderte entre sus casas nórdicas de tres pisos, sus iglesias y sus palacios. Pasear por el casco antiguo de Tallin en un viaje sin rumbo es quizá lo más indicado para empaparse de su esencia. En él se encuentra uno de los monumentos más peculiares de la ciudad: la casi desconocida iglesia ucraniana. Se trata de un templo que suele aparecer en las guías y sin embargo no resulta fácil de hallar, pues está escondido en el patio de una antigua casona señorial. En su recoleto interior, destaca un original iconostasio de madera que aglutina toda la atención del espacio. Cada vez que recuerdo la voz del pope amortiguada por los revestimientos de madera, me viene a la memoria un sentimiento extraño e introspectivo que concentra con precisión los misterios que esconde la ciudad.



3.     Ginebra (Suiza)

A los pies del Lago Leman se levanta la capital intelectual de Suiza; una ciudad que no puede escapar de la mirada inquisitiva del Mont Blanc, cuya cumbre nevada vigila el lago desde una distancia de setenta kilómetros. Jorge Luis Borges dijo de ella que “de todas las ciudades del mundo, de todas las patrias íntimas a las que un hombre aspira hacerse acreedor en el transcurso de sus viajes, es Ginebra la que me parece la más propicia a la felicidad.” De hecho, el gran poeta argentino se retiró a ella para disfrutar sus últimos años. Lo cual tiene mucho sentido si tenemos en cuenta que la ciudad fue elegida por varios autores como centro espiritual del romanticismo. Veamos: a la Villa Diodati, propiedad del poeta Lord Byron, acudieron durante el verano de 1816 personajes como Percy Shelley, Polidori, Clara Clairmont o Mary Shelly. En ella, como afirma William Ospina en su obra “El año del verano que nunca llegó”, se gestaron creaciones literarias trascendentales, como la figura del vampiro o la del monstruo Frankenstein. El lago Leman y su entorno se han mostrado siempre como un lugar cargado de misterio y pesadillas góticas. Y esa esencia romántica plagada de contradicciones; oscura y pacífica, tenebrosa y feliz, se palpa nada más llegar a la capital de cantón francófono.

La ciudad vieja, llena de edificios del gótico tardío, se asienta sobre una colina en la orilla izquierda del lago. Toda la actividad de la parte baja de la ciudad está condicionada por el Leman y su chorro gigante de agua, que actúa como escultura natural o monumento. Es en esta zona donde podemos contemplar algunos contrastes que marcan la idiosincrasia suiza, pues en ella se encuentran la mayoría de entidades bancarias. Ginebra cuenta con un sinfín de bancos donde la gente entra a depositar o retirar dinero mientras arrastra maletas con ruedas. Pero también cuenta con un sinfín de bancos de madera donde algunos mendigos se tumban a dormir o descansar. Se da la circunstancia de que algunos de estos bancos de madera se encuentran a las puertas de algunas de estas entidades bancarias, un hecho que confronta a ricos y pobres en un deliro al que el sistema parece hacernos insensibles. Por el centro también abundan las relojerías y joyerías, los hoteles de lujo, las tiendas de ropa carísimas y los restaurantes con solera. Al final, como el agua del Ródano, todo lo que sucede en la ciudad tiende a desembocar en el lago, testigo mudo e inmóvil que otorga a Ginebra el estado asintomático que nos transmite al conocerla.  



4.     York (Inglaterra)

Tal vez sea York (con permiso de Bath) la ciudad monumental más bonita de Inglaterra. En sus más de dos mil años de historia ha sido una de las plazas donde se ha decidido el devenir de la nación británica. La antigua Jórvík fue uno de los más importantes centros comerciales vikingos en el siglo IX y, desde entonces, no dejaría de adquirir importancia, hasta convertirse, tras la Guerra de las Rosas, en la capital del norte del país, una especie de Invernalia. Pues bien, toda la esencia histórica que desprenden tantos siglos de sucesos trascendentales se deja sentir al pasear por sus calles estrechas y húmedas mientras se contemplan las maravillas de la arquitectura civil y religiosa, donde destaca sin duda la catedral gótica.

York es una de las ciudades más románticas de Europa (entendiendo por romanticismo el estilo artístico del siglo XIX); una ciudad llena de vestigios de piedra y ruinas, de museos y de turistas de fin de semana, pero también de ciertas peculiaridades, como el museo vikingo, el pub más antiguo de Inglaterra (el Ye Olde Starre Inn) o viejas callejuelas como The Shambles, que nos transportan a una antigüedad difícil de recrear. Pero lo que más me llama la atención de York es el ambiente provinciano que conserva a pesar de encontrarse rodeada de las grandes capitales industriales del norte de Inglaterra. Su historia representa su orgullo, algo que exhibe altiva y engalanada ante la cada día mayor afluencia de turistas. Sin embargo, sus mañanas y su día a día recuerdan, salvando las distancias sociales y culturales, a las de una pequeña capital castellana, una villa de la Provenza o una ciudad monumental de la Toscana, pues desprende un aire europeo que debería recordarles a aquellos con tendencia al aislamiento que la tierra de unos está formada por el polvo que trajeron otros.



5.     Bergen (Noruega)

Bergen es la segunda ciudad más grande de Noruega. Se trata de un precioso enclave donde llueve durante trescientos días al año. Llegue a Bergen una tarde de julio en la que llovía con pereza, pero nada más apearme del vehículo la lluvia se detuvo dejando paso a un sol tenaz. El cielo estaba estrellado a pesar de que era aún de día. La latitud de Bergen es tan elevada que confunde, pues da la impresión de estar más cerca de la bóveda celeste. Algo que contrasta con el enclave de una ciudad atrapada entre dos accidentes naturales; a un lado las montañas y al otro el mar.

Sus atractivos turísticos son variados y entre ellos destaca el Bryggen, un grupo de casas de madera levantadas en el siglo XVIII según la traza medieval. Frente a ellas está la bahía de Vågen, cuyo mercado marítimo es uno de los mayores reclamos turísticos del país. En él se puede adquirir todo tipo de pescado. No muy lejos de allí se encuentra el funicular que asciende al monte Fløyen, desde donde el trazado de la ciudad se muestra al desnudo. Pero quizá el monumento más especial sea una iglesia que se encuentra a las afueras, la de Fantoft. Se trata de uno de esos templos protogóticos con tejado de madera a dos aguas que evocan un barco vikingo, una stavkirke. Recuerdo que en su interior había un pequeño retablo insertado en la angostura del ábside que brillaba gracias a un haz de luz que entraba por uno de los vanos saeteros; el paradigma de la luminosidad. Una imagen inolvidable e indescriptible. Un fenómeno extraordinario sobre el que radica la esencia del viaje: experiencias que no podemos describir pero que sin embargo amplían nuestra percepción del mundo. Al fin y al cabo, como decía Unamuno: Se viaja no para buscar el destino sino para huir de donde se parte.

Reportaje publicado en el suplemento dominical de La Opinión de Zamora el 20/11/2016


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