viernes, 21 de octubre de 2016

El hombre de las mil caras, un retrato de la España más corrupta


Vaya por delante que El hombre de las mil caras me parece una película sólida y entretenida, arriesgada y difícil de narrar, valiente y personal, pero también fallida. Se necesita mucha osadía o mucha seguridad en uno mismo o tal vez un par de éxitos previos para abordar un tema de la historia reciente de nuestro país, pues, por momentos, la mente del  espectador duda sobre lo que está viendo: un documental, una recreación del Canal de Historia, una caricaturización o un biopic. Quedémonos con esta última etiqueta: Francisco Paesa es un exagente de los servicios secretos españoles que se ve involucrado en un fraude y obligado a abandonar el país. Cuando regresa años después, se encuentra en la ruina y sobrevive gracias a un puesto diplomático como embajador de Santo Tomé y Príncipe. Es entonces cuando recibe la visita de Luis Roldán y su mujer, quienes le solicitan que esconda los mil quinientos millones de pesetas sustraídos de las arcas públicas. Ahí comienza una trama de espionaje, falsas identidades y engaños en la que Paesa se burla a todos, incluso del espectador.

El film se convierte por lo tanto en un thriller de espionaje patrio narrado siguiendo un estilo efectista que se apoya en una voz en off y que nos recuerda, quizá en exceso, los desmanes de Guy Ritchie; una serie de capítulos con su título respectivo, escenas montadas a golpe de corte, personajes histriónicos con motes intrascendentes (como el de "El cochero de Drácula" para Belloch) y un tono que se debate entre el drama y el humor generando cierta indefinición. Pero tal vez lo más criticable de la cinta sea el ritmo que, caído de revoluciones a base de detalles insustanciales, recupera el tono para perderlo minutos después, lo que provoca una bajada de la tensión dramática y por ende del interés del espectador. Bien es cierto que la información que hay que suministrarle al espectador es más que numerosa, pero la forma de hacerlo resulta en ocasiones abrumadora al no separar lo importante de lo que no lo es tanto.

Resulta sin embargo soberbio el papel de Eduard Fernández, construido sobre un personaje bien trazado que sostiene la historia y contrasta con un Luis Roldán que, aunque cercano y humanizado, además de bien interpretado, no deja de parecer un disfraz de aquel hombre que aparecía en las portadas de los periódicos a mediados de los noventa con su gabardina y su maletín. Como decía al inicio del texto, el proyecto era ya de por sí muy arriesgado, pues resulta difícil trabajar una ficción con un personaje que, hasta no hace tanto, pertenecía a la actualidad, aunque sea una actualidad con menor inmediatez que la de hoy en día; la de las redes sociales. No obstante, la película, vista desde un punto de vista foráneo, es un minucioso ejercicio narrativo que flirtea con la no ficción desde la ficción y que tiene más virtudes que defectos. Lamentablemente, los defectos, en especial el ritmo timorato que porfía para avanzar con arrancadas constantes que provocan tirones, resultan más visibles. En cualquier caso, criticar una cinta española con tanto respeto por el trabajo bien hecho demuestra que, de unos años hacia acá, el cine patrio ha logrado trascender la comedia para crear productos originales que funcionan en taquilla gracias a directores jóvenes y valientes como Alberto Rodríguez.

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