martes, 30 de agosto de 2016

El Gen Wanderlust


Descubridores. Aventureros. Exploradores. El afán del hombre por conocer territorios remotos e inexplorados ha existido desde muy antiguo. Se trata de una consecuencia lógica de la curiosidad y la inquietud de los humanos por acercarnos a lo desconocido. La necesidad de abandonar el sedentarismo y escaparnos de casa en busca de nuevos territorios, gentes y culturas se ha potenciado en las últimas décadas gracias a la proliferación de las compañías aéreas de bajo coste y el aumento de la oferta hotelera. Hoy en día, desplazarse a Londres, París o Nueva York para pasar unos días de ocio está al alcance de muchos. Pero existe un selecto grupo de gente para quien los viajes representan algo más; para ellos la afición de viajar alcanza el grado de obsesión, de enfermedad. Personas que acuden a trabajar cada lunes pensando en su escapada del viernes, en su viaje exótico del verano o en su fin de semana largo en alguna capital europea. Pues bien, según algunos científicos, esta necesidad enfermiza por viajar sólo por el placer de viajar es de naturaleza genética. Es decir; viene implantado en nuestro ADN desde antes de nacer.

Según explica el blog Psycology blog Aimee, la necesidad de viajar es genética. Se trata de una derivación del gen DRD4, asociado a los niveles de dopamina que llegan al cerebro. La derivación de dicho gen, el DRD4-7R, el “gen viajero” o “gen wanderlust”, provoca que los niveles de dopamina de la persona en cuestión aumenten proporcionalmente a la curiosidad que siente por descubrir nuevos lugares. A mayor curiosidad, mayor nivel de dopamina. Etimológicamente, “wander” significa caminar, en alemán, y “lust” placer. Algo que parece dar sentido a esa fiebre romántica que, cada vez con más fuerza, nos sobreviene sin que podamos remediarlo. 

De acuerdo con los expertos, sólo el 20% de la población posee el gen Wanderlust. No obstante, existen otros estudios que refutan la teoría genética. Según científicos como Kenneth Kidd, de la Universidad de Yale, la curiosidad por explorar lo desconocido, ya sea un lugar, una cultura o cualquier otra cosa, es una capacidad inherente a la condición humana. Sea como fuere, durante las últimas décadas, quizá empujados por el trabajo, las prisas, la rutina y la incomodidad de las grandes ciudades, la población occidental ha comenzado a experimentar un cambio que le ha hecho saltar desde el clásico viaje de relax hacia un nuevo hábito más cercano al del connoisseur. En otras palabras; parte de la sociedad ha cambiado el viaje pasivo conocido como veraneo por un tipo de viaje activo con trazas de aventura. 

Personalmente, me cuesta creer que esta inquietud viajera tenga una raíz genética, aunque es cierto que existe algo en el interior de algunas personas que, en ocasiones, se manifiesta como una fiebre que las impulsa hacia el viaje; una suerte de inquietud que sólo puede remitir viajando. Para éstos, regresar de un viaje significa planear el siguiente en un bucle infinito que puede convertirse en adicción. Se trata de una necesidad real; de una especie de síndrome de abstinencia. No obstante, existe también, en algunos casos, un factor de esnobismo que empuja a la gente a viajar porque “está de moda”. Por lo tanto, aunque podamos concluir que la derivación del gen viajero puede darse en casos concretos, la necesidad viajera, en mi opinión, viene provocada por diversos factores que han convertido el acto de viajar en una especie de droga de nueva creación, una droga contemporánea y costosa que, además de ser legal, mantiene al alza una industria que genera empleo y abre la puerta al conocimiento.

Pero ¿cómo sacar el máximo partido de este movimiento viajero?, ¿cómo conseguir que el viaje sirva para aumentar el conocimiento de quien viaja?, ¿no es acaso el viaje parte de la cultura y ésta parte del sistema educativo? Como ya dijera Miguel de Unamuno basándose en una cita similar de Baroja: “El fascismo se cura viajando”. Una máxima que yo matizaría diciendo que el fascismo, el racismo y el miedo a lo desconocido no se curan sólo viajando, sino viviendo fuera o integrándose en otras culturas. O, dicho de otro modo: sintiendo lo que es ser un expatriado o un inmigrante. De lo cual se deduce que la empatía es el único camino hacia la civilización. Pero para poseerla no es imprescindible viajar al extranjero, sino tener el cerebro recubierto de una capa porosa y permeable; la mente abierta, algo que, por desgracia, no es para nada genético.