miércoles, 13 de julio de 2016

El ruido del tiempo, de Julian Barnes


A veces uno se pregunta por qué se publican ciertos libros o por qué ciertos autores consagrados y reconocidos por la crítica deciden escribir novelas vacuas que ni aportan nada a la literatura ni hacen disfrutar al lector. El caso de Julian Barnes parece similar al de Paul Auster, pues la producción de ambos ha ido perdiendo calidad con el paso de los años. Se me ocurre, o quizá quiero pensar, que este descenso cualitativo se debe sobre todo a las presiones editoriales y las exigencias de ciertos contratos; El ruido del tiempo es una novela firmada por una de las plumas con más reputación de Reino Unido y Europa que, sin embargo, parece diseñada por un amateur.

El ruido del tiempo es una biografía novelada que aborda la figura del compositor ruso Dimitri Shostakóvich como paradigma del artista vendido a la causa del poder. Aunque en su caso no tanto por convencimiento como por cobardía. Todo comienza cuando el amado líder, Iosif Stalin, acude al Bolshoi para asistir a una representación de Lady Macbeth de Mtsensk, de Shostakóvich. Dos días después, aparece en el Pravda una crítica demoledora de la obra, la cual será prohibida a la postre por el Poder. El compositor sabe que semejante acusación no sólo puede acabar con su carrera, sino también con su vida. Sin embargo, Shostakóvich sobrevive y se convierte con los años en un artista modélico para el régimen a costa de perder gran parte de su dignidad y de su orgullo como creador.

Lo que Barnes realiza con esta obra es muy similar a lo que Jean Echenoz había ya realizado con las biografías noveladas de Ravel y Zatopek. Sin embargo, el británico carece de la concisión, la agilidad y la frescura del francés para eliminar lo contingente y quedarse con lo necesario y estructura la obra en torno a pensamientos sueltos en forma de párrafos que, a modo de retales, van componiendo un tapiz cuyo resultado final es deslavazado, confuso y, lo peor, aburrido de reconstruir. A pesar de contar con un puñado de citas magistrales como versos sueltos en un soneto sin alma, la novela no consigue acercar al lector a la figura de Shostakóvich, que aparece como un personaje distante y frío. De tal modo que al final de libro uno aún no forma parte de él. Por otro lado, la historia es anodina y su mayor interés y tensión se concentran al principio, en los años del gran terror y el culto a la personalidad. Tampoco los secundarios tienen fuerza, ni el Poder inspira pavor, y, por lo tanto, la empatía resulta imposible.  

El ruido del tiempo es una gran decepción que me lleva a preguntarme qué criterio siguen las editoriales para publicar a ciertos autores extranjeros. ¿Los publican porque les garantizan un éxito de ventas? ¿Los publican porque son autores "de la casa"? ¿Le podríamos enviar a Anagrama un texto amateur firmado por un grande y que lo publicaran? Sea como fuere, espero no volver a malgastar 16.50 euros en un error creativo como éste.