sábado, 2 de abril de 2016

Crónicas atenienses



Para mí, viajar es una experiencia espiritual que necesito vivir cada cierto tiempo; una suerte de purificación del alma y un ejercicio vital que sirve para completar el puzle del conocimiento. Exestudiante mochilero y extrabajador temporal, aterricé en Atenas con algo más que un petate. Me refiero a mi hijo de cinco meses, con quien realizaba mi primer viaje en avión y de quien, he de decir como un abuelo al que se le cae la baba, me siento más que orgulloso. Esta gran variante causada por el pequeño, obliga a un tipo de viaje más relajado, con un ritmo impuesto por el niño y, sobre todo, a un desplazamiento más burgués. Veamos: creo que es la primera vez que tomo un taxi al salir de un aeropuerto tras un vuelo de ocio. 


Elegimos Atenas por su clima de primavera, por concentrar casi todo lo visitable en un radio de apenas un kilómetro y, por qué no decirlo, porque es una de las pocas capitales europeas que aún no conocía. Tampoco he visitado nunca Praga, Viena o Varsovia, pero el tiempo en ellas no hubiera sido tan benévolo como lo fue en la capital griega. Como comenté hace poco entre amigos y risas, Atenas me parece una mezcla entre Estambul, Roma y Lisboa. Con un aire oriental, un pasado clásico y una creciente decadencia que evoca nostalgia y saudade. 


Avenidas amplias por las que circula un denso tráfico contrastan con las calles estrechas y mal asfaltadas del céntrico barrio de Monastiraki. Mendigos tirados en la calle duermen a pocas manzanas de las tiendas de ropa cara y las joyerías de lujo. Motocarros de los que circulaban por las calles españolas en los años sesenta son adelantados por deportivos de lujo. Eso es Atenas; una ciudad donde las diferencias alcanzan el paroxismo en una extraña mezcla entre lo viejo y lo nuevo. Un crisol de culturas y razas donde convergen los inicios de la democracia y el drama de los refugiados, la Academia de Platón y los disturbios de algunos eventos deportivos, la deuda soberana y la lujosa vida de las islas.


Merece la pena pasear por Plaka, sentarse a comer en una taberna de Monastiraki, transportarse a una isla griega paseando por Anafiótika, caminar por el ágora clásica, observar de cerca el Hefestión, deslumbrarse con la envergadura de las columnas del Templo de Zeus Olímpico, subir a la Acrópolis, fotografiar las cariátides del Erecteion y, en suma, dejarse llevar por una corriente espaciotemporal que introduce al viajero en una espiral de conocimiento y gozo que pocas ciudades pueden ofrecer. Un aura de misterio que se aleja de las urbes de trazados racionalistas y limpieza exquisita. Un lugar ideal para llevar a tu hijo a encontrar el Alfa; el comienzo de los tiempos, el principio del mundo en el viaje; los ancestros, nuestras vidas junto a todos y cada uno de los elementos que componen esta ciudad de colinas y musas que otrora fuera el centro de un mundo.

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