domingo, 27 de marzo de 2016

Madrid-Cochabamba: cartografía del desastre, de Pablo Cerezal y Claudio Ferrufino-Coqueugniot




Aún recuerdo aquel sillín, tan anómalo en la época, tan poco apropiado para un bicicleta de chico, al menos para una de las que gustábamos llamar “de rally”, no sé si por incipiente estupidización léxica vía influjo anglo o por el adolescentemente obvio soplo al corazón de aires de grandeza. El caso es que todos los chicos del barrio tenían bicicletas de “rally”: ligeras, colores neutros, manillares adaptados a las cabriolas que decidían ejecutar cada vez que Inma salía del portal o Esther regresaba a casa con el pan recién horneado. El resto de bicicletas eran “de paseo”: las que utilizaban las niñas. Mi bicicleta BH era anómala, ya digo, desde el sillín, más apropiado para una “de paseo”, hasta su color verde eléctrico afeminado, pasando por sus gruesas ruedas “de rally”, su ligera barra y su manillar pensado para paseos románticos y preparado incluso para la imbricación en el mismo de una de esas cestitas en que poder portar el periódico del día o la Metal Hammer del mes pasado. Ahora comprendo que aquella máquina que me permitía recorrer importantes trechos en escasos minutos inauguraba, quizás, esta época en que ya vivimos como si no hubiésemos conocido otra: el tiempo de los híbridos.



Fragmento extraído del relato Híbrido, página 173

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