domingo, 14 de febrero de 2016

El renacido, una película de Alejandro González Iñárritu

Existe una gran diferencia entre acudir a una sala de cine a ver una película de autor o intimista o premiada en un festival y acudir a una sala de cine a ver una película candidata a varias estatuillas unos días antes de la ceremonia de los Oscar y además durante el fin de semana. Pero las cosas son como son y la vida, que diría Heráclito, fluye sin que podamos controlarla; trabajo, niños y obligaciones sociales y/o familiares restringen muchas veces los huecos libres de la agenda para disfrutar de la pantalla grande. Traigo este apunte al texto porque, al final, todo se reduce a la educación; la educación como parte de la cultura y la cultura como parte, por qué no, de la cultura cinematográfica. Y para que veas que no exagero, vamos a repasar el bestiario: la familia de cuatro, con otros tantos menús gigantes de palomitas con Coca-Cola y perrito, que emite todo tipo de ruidos al comer y beber. El matrimonio que, en vez de ir a ver Zootrópolis, se lleva a sus hijos menores de diez años, inquietos e hiperactivos, a visionar una película calificada para mayores de dieciséis años, y los niños, claro, terminan por aburrirse y molestar al personal. Más: la pareja que, quizá creyendo estar en casa, comenta cada secuencia en voz alta hasta el punto de que sus estúpidos apuntes se oyen por encima del Dolby Surround de la sala. Esto último, que es el colmo, me obligó a cambiarme de sitio justo después de la escena del oso, la cual no disfruté como me hubiese gustado debido, como digo, a la supina mala educación de los citados personajes; seres irrespetuosos que acuden al cine creyendo que las salas de exhibición son un local cualquiera, uno más dentro del centro comercial en que se ubican. 

Pero dejemos al público y hablemos de la película:

Todo arranca con un plano secuencia magistral (que le debe mucho al dominio de la luz natural que demuestra tener el director de fotografía) en el que unos pioneros son atacados por una tribu india. La cámara acompaña a diversos personajes, abandonando a unos y siguiendo a otros para poner el foco en todos y cada uno de los puntos de la batalla. El plano secuencia se distingue por ángulos rebuscados y mucha, mucha, cercanía a las figuras; sin permitir apenas planos abiertos, algo que nos recuerda en parte el estilo de realización del cine bélico. La secuencia posee un ritmo brutal y una objetividad casi subjetiva que nos conduce a ver la lucha desde el punto de vista de cada implicado. 


Tras la batalla, un pequeño grupo de esos pioneros consigue alcanzar una embarcación anclada en el río y huir. Poco después deberán abandonarla y seguir a pie atravesando las montañas tras esconder las pieles que transportan; su medio de vida. Nada más comenzar la ruta, uno de los hombres se aísla por un instante y es atacado por un oso grizzly, que le pega una paliza tremenda que sin embargo no acaba con su vida. Cabe decir que, aunque el oso está digitalizado, la escena es brutal, descarnada y muy realista. Como es de suponer, los pioneros no pueden cargar con el herido ni tampoco esperar junto a él a que se recupere, así que le prometen una buena suma de dinero al más mezquino de los hombres del grupo (un mercenario sin escrúpulos que pronto adquirirá el papel de villano de la historia), para que cuide de él hasta que se cure o se muera. Junto a él se quedan también el hijo del herido y otro joven de alma noble y suerte de principiante. Aquí, o quizá un poco después, finaliza el primer acto. Cabe recordar que desde que me cambié de sitio conseguí ver la película de otra manera: disfrutándola, escuchándola, con la sensación de que era yo quien caminaba bajo la nieve o luchaba por sobrevivir, evadido, sin recordar que estaba en una sala de cine y que tenía el coche aparcado afuera, donde llovía y había un atasco de narices y un viento terrible.  


El renacido resulta una magnífica experiencia audiovisual; se trata de una obra que demuestra, entre otras muchas cosas, que el ritmo cinematográfico no depende solamente de la acción, sino también de la parte visual y la auditiva. El segundo acto supone un cambio de ritmo narrativo radical que sin embargo no desentona ni desequilibra el conjunto, pues no es tanto una bajada del número de revoluciones por minuto como una reducción de marchas. En su transcurso seguimos las tribulaciones del protagonista por sobrevivir a sus heridas, al entorno y a la desnutrición, espoleado por un ansia de venganza que le insufla vida. Iñárritu nos regala un puñado de planos soberbios que consiguen el efecto sublimador que busca la película. La confrontación naturaleza salvaje-hombre salvaje (o incluso más salvaje que la naturaleza y cualquiera de sus bestias) es el leit motiv del filme, a mi parecer, por encima de ese otro tema que en la superficie parece lo más importante; la venganza, pues será el hombre blanco quien manipule, extreme y modifique la naturaleza que le rodea, algo que los indios jamás harían.  No obstante, la venganza representa una pulsión irracional que también pertenece a lo salvaje; al menos a la parte más salvaje del ser humano y, por lo tanto, lo que al final nos queda es una alegoría sobre el salvajismo, algo que está muy arraigado en los hombres y que yo mismo sufrí al sentir que me gustaría vengarme no sólo del villano de la película, sino también de la señora que hablaba en voz alta sin mostrar respeto alguno por el resto de espectadores.

1 comentario:

Igor dijo...

A mí, la posibilidad, nada despreciable, de que ocurran cosas como la que cuentas me quita las ganas de ir al cine y hace que mi asistencia a salas se haya reducido a la décima parte, sin exagerar. Luego que si hay que ir al cine y tal.