lunes, 18 de enero de 2016

Borges en Zamora


Descubrí por casualidad, mientras hojeaba en una librería de viejo de Madrid las “Memorias de un cronista porteño”, de Ariel Bernstein, periodista del Diario Clarín, la existencia de otro libro de su autoría publicado en Argentina por una editorial independiente y titulado “Los viajes de Jorge Luis Borges”. Una rareza que pude leer a la postre gracias a un préstamo interbibliotecario y que me enganchó como si de una novela negra se tratase. En uno de los capítulos del libro, Bernstein narra las andanzas de Borges en España entre abril y mayo de 1980, año en el que recogería el Premio Cervantes de manos del Rey don Juan Carlos en la Universidad de Alcalá de Henares. Días después de recibir el premio, el poeta iniciaría, junto a su exalumna, compañera y más tarde esposa, María Kodama, un viaje que le llevaría a Palma de Mallorca, ciudad en la que había vivido en su juventud, Barcelona, Córdoba y Salamanca, siendo la capital charra la última parada antes de regresar a Madrid. Por entonces, Borges contaba con ochenta años y una avanzadísima ceguera que le impedía leer. Cuenta Bernstein que «En parte debido a la casualidad,  Borges y Kodama recalaron una mañana de abril en la ciudad de Zamora. Borges se había empeñado en visitar unos terrenos conocidos como Lomas de Valparaíso, un bosque de bajo encinar y jarales a mitad de camino entre Zamora y Salamanca, puesto que, según le había narrado su amigo Rafael Cansinos-Assens, en él se encontraban los restos de la bodega de un extinto monasterio del Císter, lugar en el que además había nacido Fernando III de Castilla. Cansinos-Assens le había relatado a Borges la experiencia extrasensorial que vivió al introducirse en el recinto donde supuestamente había estado la bodega y su certeza sobre la existencia de un vórtice de energía capaz de abrir puertas dimensionales». Poco más se sabe de la visita de Borges al antiguo emplazamiento del Císter, aunque Bernstein completa la información incluyendo algún detalle más sobre la breve estancia del escritor en la capital zamorana, donde quiso pasar unas horas antes de regresar a Salamanca para emprender el viaje de vuelta a Madrid. Relata Bernstein que «Borges tenía interés en pasear por el casco antiguo de Zamora por ser éste un vestigio medieval de piedra dorada y tejados bermellones, pero también por ser una ciudad de esas que, de alguna manera, marcan la existencia de sus habitantes, como había interpretado al leer unos versos del poeta local Claudio Rodríguez.» No existen más menciones a Zamora en el libro de Bernstein, pero su lectura avivó en mi cerebro las ascuas de un recuerdo apagado en los confines de la memoria; un episodio acontecido a mediados de los años ochenta, cuando, siendo un niño, acudí con mi padre a una barbería donde tanto él como mi madre solían llevarme cada vez que necesitaba un corte de pelo. El negocio estaba regentado por un anciano vivaracho y locuaz que gustaba de contar historias insólitas y rocambolescas; andanzas en las que, supongo, mezclaba sus vivencias personales con pinceladas de ficción y aventuras ajenas. Aquel día el hombre nos contó que, tiempo atrás, una mañana de primavera, se había topado por las calles de Zamora con el famoso poeta argentino que había sido galardonado con el Premio Cervantes. Afirmaba el barbero haberlo visto caminar por la Rúa de los Notarios del brazo de una mujer mucho más joven que él y detallaba el modo en que lo había seguido, a hurtadillas, escondiéndose tras las esquinas a una distancia prudencial, en su recorrido desde la iglesia de la Magdalena hasta la Plaza Mayor, donde le esperaba un coche en el que se introdujo junto a su compañera. Recuerdo que cuando el barbero llegó al final de su historia, mi padre, haciendo gala de un racionalismo adulto y crepuscular, había puesto en duda la veracidad del relato por medio de frases recurrentes como “eso no te lo crees ni tú”. Por desgracia, mi recuerdo se atasca en los estratos más profundos de la mente mientras se mezcla con otras memorias que modifican y manipulan la esencia de los hechos y me impiden rescatar otros pormenores. Sea como fuere, la remembranza de este episodio me condujo hasta el hallazgo definitivo: una antología poética donde encontré un poema de Borges titulado “El otro tigre”. En él el poeta crea la imagen de un tigre para plasmar las diferencias entre la realidad y la ficción; entre el tigre real que camina por la selva y el que él representa al escribir, que es distinto para cada lector en función de cómo éste lo imagine. Lo que Borges pretendía al escribir esos versos era mostrar el potencial de la literatura como universo paralelo, como mundo onírico, como realidad existente durante el proceso de lectura. Y eso mismo he pretendido mostrar yo con este texto que parte de dos libros que no existen e inventa unos hechos que jamás sucedieron pero que sin embargo han existido mientras tú, lector, los recreabas. Un juego de espejos borgeano que tiene por objeto recordar la importancia de la fantasía en la educación y el desarrollo mental, pues cuando intentamos entender el mundo solemos volvernos demasiado racionales y nos olvidamos de que sin imaginación no hay posibilidad de progreso. 

Texto publicado el 17/01/16 en el suplemento dominical de La Opinión de Zamora