martes, 22 de diciembre de 2015

Mis lecturas. Año 2015

Dado que soy una persona que, para paliar ciertas carencias de memoria a corto plazo, se aferra a listas tan necesarias como la de compra, he de reconocer que de vez en cuando me gusta hacer inventario de libros a fin de organizar la amalgama de lecturas que coexisten en algún desconocido, pero existente, compartimento estanco de mi mente. Así pues, haciendo memoria y repasando algunas notas digitales de lectura y mi cuenta de Goodreads, paso a destacar algunos títulos, de épocas y autores muy dispares, que me han hecho disfrutar a lo largo de este año 2015. No son los mejores ni los peores, pues algo tan subjetivo no puede convertirse en categórico; son los que están, los títulos que quiero resaltar; a partir de aquí, comprarlos o sacarlos de la biblioteca corre de tu cuenta:

Para mí este ha sido el año de Ian McEwan, de cuya autoría había leído solo “En las nubes”, una obra tal vez menor que me había dejado sensaciones neutrales. Todo empezó un día de verano cuando me topé con "Expiación", libro que tenía ganas de leer, en una librería de viejo y la adquirí por un módico precio. El resultado: tras acabar la novela compré tres obras más de McEwan, “Operación Dulce”, “Ámsterdam” y “Sábado”. Las dos primeras me parecieron soberbias, la tercera, quizá una de las obras del autor que cuenta con mejores críticas, me decepcionó debido a su exceso de material, en gran parte irrelevante. Meses más tarde adquirí además otros dos títulos que aún no he leído y que guardo para uno de esos momentos en que me apetezca tomarme un McEwan: “Chesil Beach” y “Amor perdurable”. 

Algo similar me ha ocurrido este 2015 con otro autor con patronímico, “Mc”, en este caso; me refiero a Cormac McCarthy, uno de mis autores fetiche. Hasta este año, había leído “Meridiano de Sangre”, “Hijo de Dios”, “No es país para viejos” y “La carretera”, pero tenía pendiente como una costra a medio arrancar la Trilogía de la Frontera. “Todos los hermosos caballos” marcó a principios de año un antes y un después en mi manera de entender la narrativa, al menos en lo que respecta a la creación de imágenes. “En la frontera” completó las buenas sensaciones y elevó el gozo lector hasta la categoría de vicio insano. El tercer volumen, "Ciudades de la llanura" sigue esperando su turno; escondido como una reliquia, como el último coco de un naúfrago; la última bala antes de verme obligado a releer al autor norteamericano

Este 2015 también me he aventurado a leer algunos clásicos, como “Los mutilados”, de Herman Ungar, una novela dura y original, una narración brutal que lleva al lector al límite con la agilidad de lo breve, un relato que deja huella y revolotea por la memoria incluso mucho después de haber cerrado el libro para siempre, o al menos hasta una nueva relectura, pues la obra merece volver sobre ella. Consta también en mi lista "Fortunata y Jacinta", de Galdós, ese culmen del realismo más puro, retrato social y humano de los habitantes de aquel Madrid y obra que además me lazó a una bizarra investigación que narré en este artículo: La cava de San Miguel, 11 o tras los pasos de la Fortunata de Galdós.

Entre los autores españoles destaco “Los viejos amigos”, de Chirbes, obra que compré, casualmente, un par de horas antes de enterarme de su muerte a través de las redes sociales; “El río que nos lleva”, de José Luis Sampedro, novela de ambiente rural que rinde homenaje a los gancheros y que me sorprendió sobremanera por su complejidad dentro de su sencillez expositiva, y “La vida Mitigada”, de Tomás Sánchez Santiago, obra intimista y personal de la que hablé por extenso, aquí.  Entre los más jóvenes, por cierto, he disfrutado mucho con la alegoría minimalista firmada por Iván Repila, “El niño que robó el caballo de Atila”, y con “Atila”, de Javier Serena. 

Cabe destacar en este texto que casi todos los años suelo leer al menos una de las muchas obras de Gabriel García Márquez, y este año le tocó el turno a “Noticia de un secuestro”, una crónica maravillosa que me hipnotizó con su musicalidad y su pulso. Siguiendo con la narrativa hispanoamericana, debo apuntar que lo pasé muy bien, como de costumbre, con César Aira y “Los fantasmas”, libro surreal y cargado de humor que vira hacia espacios inexplorados y sorpendentes. Y con "El reino de este mundo", de Alejo Carpentier, novela de peso que destaca a pesar de la recargada, florida y barroquísima prosa del autor.

Como revelación de la temporada, aparece el destello de ese talento rumano llamado Mircea Cărtărescu. Comencé leyendo el relato "El ruletista" y me entusiasmo; sin respiros ni concesiones, directo, ágil, excepcional. De ahí que adquiriese "El Levante" en cuanto salió, y aún otro título, "Lulu", cautivador y brillante, personal y certero. 

Luego están los libros publicados por amigos; son muchos los que me regalan o envían, también los que compro, y entre ellos me gustaría destacar sobre todo, “Angustia”, de José Ángel Barrueco, novela sobre la cual me extendí en esta entrada, y dos libros publicados en la editorial que editó mi última novela, Lupercalia; me refiero al libro de cuentos “Mi marido es un mueble”, de Esteban Gutiérrez Gómez, y a la crónica “Madrid-Cochabamba”, de Pablo Cerezal y Claudio Ferrufino-Coqueugniot.

Pero lo mejor del año ha llegado en el último tramo, con la lectura de “Las correcciones”, de Jonathan Franzen, una gran novela americana que extrapola el concepto de novela realista decimonónica a nuestros días para retratarnos la Norteamérica más profunda y contradictoria, y con una obra que se encuentra en sus antípodas, en el experimentalismo más puro, y que sigue la corriente de autores como Gaddis, me refiero a "El cuaderno perdido", de Evan Dara, ese escritor desconocido que aglutina en su seudónimo el avance de la narrativa hacia otros terrenos. Una obra compleja y difícil que precisa ser paladeada despacio, tan despacio como ha transcurrido este año 2015: intenso en lo personal y tranquilo en lo literario.