miércoles, 2 de diciembre de 2015

Hijos con hijos


Algo cambia en nuestras vidas cuando nace nuestro primer hijo; la adaptación; el cambio de pañales; las tomas cada tres horas; la falta de sueño. Pero el cambio es aún más notable si tienes una profesión liberal. Y resulta brutal si además de dedicarte a la creación la combinas con tu trabajo asalariado. Desde el mismo momento en que dejas de ser un, como diría Vila-Matas, hijo sin hijos, se encienden en tu interior transmisores de sensibilidad que te aportan experiencias inéditas e indescriptibles; viajes lisérgicos hacia el interior de ti mismo e incluso más allá. En contrapartida, el concepto tiempo se transforma como si fuera un ente sólido convertido en gas que se esfuma, y de repente te das cuenta de que cosas tan básicas para un escritor como leer dejan de ser una necesidad y pasan a ser un lujo. Escribir, por supuesto, requiere trucos de alquimia; hay que robarle tiempo al tiempo para encontrar el momento adecuado de aporrear el teclado y sacar unas líneas. De este modo, se pueden dar situaciones que crean conceptos novedosos como “escribir a una mano”, pues con la otra el escritor sujeta a su hijo, que se acaba de quedar dormido tras una toma. Esto, que pudiera parecer un engorro o una actividad sobremanera estresante, supone sin embargo una dosis de pura vida inyectada en vena, algo que, aunque suene tópico, modifica tu punto de vista y te hace disfrutar cada minuto de tu existencia, y de la de tu hijo. ¿O debo decir tus hijos?, porque las novelas también uno las gesta, las pare, las cuida, las defiende, y las sufre, y las tiene para toda la vida. Y es que, al fin y al cabo, los escritores somos, por definición, hijos con hijos. 

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