lunes, 19 de octubre de 2015

Ciudad de caníbales, de Alexander Drake


Aquella noche se estrenaba una película de la Paramount en el Chinese Theatre. Yo era el agente de uno de los actores secundarios de aquel film, de modo que días atrás me llegó por correo una invitación para asistir al acontecimiento. El lugar estaba rodeado de cientos de admiradores esperando ver desesperadamente a sus ídolos de barro; a la encarnación de un sueño; al estandarte de una burda mentira que ellos habían llegado a creer con fe ciega. ÉSTA ERA LA ESENCIA DE HOLLYWOOD. Empezaron a llegar las primeras limusinas. La gente comenzó a sacar sus cámaras de fotos y sus blocks y sus bolígrafos esperando cazar algún autógrafo. En cuanto salió uno de los actores la muchedumbre explotó en gritos y alabanzas. Yo simplemente no podía entender todo aquello. Llegaron más limusinas. Bajaron más actores, más actrices, los productores, el director… El público y la prensa iluminaban cada momento con sus flashes. Yo conocía personalmente a aquellos hombres y mujeres y, sinceramente, la mayoría eran ridículos. O estaban locos o eran idiotas o resultaban ser personas realmente despreciables. Wilcox viajaba todos los años al sudeste asiático para follarse a niños y niñas de 9 años. Silverstein era un drogadicto asqueroso y un malnacido que pegaba a su novia. A Morris le gustaba vestirse de mujer. Se disfrazaba de puta para no ser reconocido y frecuentaba por las noches los locales más sórdidos de los Los Ángeles para acostarse con todo tipo de desviados y pervertidos. Hamilton era una borracha y una maníaca depresiva que había intentado suicidarse siete u ocho veces. (…) Pero la gente no sabía nada de eso o parecía darle igual. Los admiradores seguían sintiéndose entusiasmados tras las vallas de protección; gritando, aplaudiendo, vitoreando sus nombres e intentando conseguir la firma de cualquier estrella de cine que pasara a su lado. 
        Lo cierto es que aquella era una de las profesiones más estúpidas del mundo. Todo dependía del público; y esos idiotas terminaban adorando a cualquier actor de mierda porque sencillamente no eran capaces de diferenciar al personaje de ensueño que representaba del muñeco de trapo que en realidad era. 


p. 79-80

Ciudad de caníbales, de Alexander Drake, Lupercalia, 2015