lunes, 10 de agosto de 2015

Lecturas de verano


Inauguré mis vacaciones a principios de julio con la lectura de un clásico de aventuras del siglo XIX: Historia de dos ciudades. Lo llevé conmigo en la huida hacia el Norte que mi pareja y yo emprendimos a fin de encontrar la temperatura ideal para una embarazada de seis meses. Al poder disfrutar, muchos años después, de unas vacaciones de playa y sombrilla alejadas de las largas rutas en coche y las agotadoras visitas a las capitales europeas, tuve tiempo para solazarme en la típica hamaca de listas azules y blancas y leer con calma las tribulaciones de Charles Darnay, estereotipo utilizado por Dickens para representar la honestidad, la pureza, la rectitud y la creencia en unos ideales. Historia de dos ciudades es una novela con una aparente, quizá pretendida, falta de cohesión, que se refleja en el desequilibrio dramático entre las dos narraciones, las dos historias, las dos ciudades; Londres y París. Sin embargo, hacia la mitad de la obra, el texto alcanza un paroxismo que salta de lo romántico a lo frenético convirtiendo la actividad lectora en una experiencia espléndida y haciendo del libro un clásico inolvidable.



Cuando me tumbo en la cama antes de dormir o me recuesto sobre el sofá a la espera de Morfeo, prefiero leer ensayo antes que narrativa. Y eso es lo que hice también durante mi estancia en el Valle de Meruelo. El ensayo que en este caso acarreé en mi maleta desde Madrid se titulaba Por qué fracasan los países: un estudio histórico de la evolución de las sociedades al que, en mi opinión, le falta perspectiva crítica y le sobran páginas, pues el texto alcanza un punto en el que se repite en bucle para consolidar su teoría, que defiende, como si de una tesis se tratara, que los países ricos lo son gracias a la salubridad de sus instituciones inclusivas.


Una vez finalizados ambos libros, continúe mis lecturas con una novela que quería leer hace tiempo y que, sin embargo, me provocaba pereza cada vez que la cogía de la estantería y la hojeaba con intención de empezarla: Rojo y Negro, de Stendhal. A diferencia de la Cartuja de Parma, Rojo y Negro me ha resultado una lectura difícil, trabada, densa, entorpecida por la anécdota y el detalle, narrada a golpe de retazo, sin la frescura, el ritmo y la consistencia de la obra protagonizada por Fabrizio del Dongo. En cualquier caso, la originalidad de la historia y la profundidad psicológica del personaje principal, Julien Sorel, mitigaron mi decepción, que, más que nada, provenía de una muy alta expectativa. 



Cuando el marcapáginas señalaba justo la mitad del volumen de Stendhal, regresamos a Madrid para cambiar el equipaje por uno más ligero y poner rumbo a Zamora.  Recuerdo que aquel día el termómetro no bajó de los treinta grados y que apenas pude dormir. Dediqué parte de la noche a leer Economía sin corbata: convesaciones con mi hija; sencillo y muy didáctico libro del popular Yanis Varoufakis. Una obra que contiene lecciones básicas de economía para neófitos y adolescentes con granos. No obstante su excesiva preocupación divulgativa, el uso de la retórica, del símil, en este caso, hace que la lectura, además de pragmática, resulte entretenida. 


Una semana más tarde comencé a leer Noticia de secuestro, de Gabriel García Márquez. Por aquellos días me encontraba en Ezcaray, en el corazón de la Sierra de la Demanda, disfrutando de la quietud que ofrece la montaña en verano, y estuve a punto de terminar el libro, el único que había llevado, antes de regresar a la capital. Y es que Gabo, escriba lo que escriba, consigue siempre hipnotizarme con su musicalidad y su pulso de cuentista. A decir verdad, el motivo que me llevó a embarcarme en esta lectura se debió a una noticia que tuve de esta, valga la redundancia, Noticia de un secuestro. Resulta que una amiga de un conocido, alguien que trabaja en una biblioteca pública, fue preguntada una vez por una usuaria si tenían en sus fondos la obra. Como la respuesta resultó negativa, la usuaria, haciendo gala de cierta incontinencia verbal, le dijo a la chica si la podía comprar, pues al parecer su hijo era amigo de uno de los secuestrados que aparecían citados en el libro. Sin embargo, tras terminar la narración, no me quedó claro quién era el aludido, pues los datos emitidos por la usuaria, tal vez a propósito, resultaron confusos y erróneos.


Ya de vuelta en Madrid, con el mes de agosto exhibiéndose galán en un calendario de hoja perenne, me decanté, tal vez hastiado de tanto clásico, por un libro de poco grosor: Lulu, de mi admirado Mircea Cărtărescu, ese gran creador de imágenes oníricas que te transporta a mundos surrealistas. Lulu es un homenaje a la lírica, una suerte de novela en verso, o de poemario en prosa, que se saborea página a página como si fuera un Rioja reserva. Un libro extremo con esencia de bildungsroman y destellos de terror. Una obra límite que puede entusiasmar o generar rechazo. Una rara avis que aporta frescura y depura el aire. Una maravilla.



Estos días, mientras espero la llegada del nuevo curso y amueblo la habitación de esa criatura que pronto dará vida a la casa (quién sabe si hasta los cuarenta años), reviso los anaqueles e intento resolver qué novelas debo leer antes de que los pañales y los llantos reduzcan mi tiempo y me obliguen a leer poemarios. Al menos hasta que me haga con los mandos y aprenda a pilotar de manera eficiente esa avioneta llamada paternidad. Esa nave que provoca vértigo incluso antes de montar en ella.

2 comentarios:

Maqroll dijo...

Precisamente porque te sigo, porque opino lo que tú sobre el libro de Dickens y compartimos esa rara sensación dudosa con respecto a "Rojo y negro", y por la sensación prepaternidad (vivida por mi hace no mucho) precisamente por todo eso, y porque me llama poderosamente la atención la obra editada de Cartarescu y tenía dudas de si empezar por Lulú o por las más nombradas Nostalgia o El Levante....me has hecho decantarme.
Un saludo

Mario Crespo dijo...

Un placer que este post te haya servido de ayuda.
Saludos.