lunes, 25 de mayo de 2015

Mad Max: Fury Road; espectáculo salvaje, entretenimiento feroz

Ver una película no es lo mismo que ir al cine. Una película puede ser vista en una sala de proyecciones, en la tele, en la pantalla del ordenador, en el iPad o incluso en el móvil. Y la experiencia resulta muy diferente en cada caso. Cabe destacar que todas y cada una de las producciones están pensadas para ser exhibidas en pantalla grande. No obstante, la diferencia entre ver Septiembre, de Woody Allen, en una sala de exhibición o en la televisión de un domicilio particular no es realmente decisiva a nivel sensorial, pues es un film con más fondo que forma y su peso reside en su lectura entre líneas, en su reflexión postrera. En el otro extremo encontramos ese tipo de pelis que pierden todo su sentido, el objeto para el que fueron realizadas, si no se visionan en una sala con pantalla grande y Dolby Surround. En este sentido, Mad Max: Fury Road es quizá uno de los ejemplos más evidentes de los últimos años; un filme concebido como entretenimiento feroz y salvaje, un festival audiovisual que empuja al espectador a abandonar su butaca y contemplar la proyección de pie, incluso a bailar al ritmo de la percusión que recorre la cinta marcando su ritmo de manera sistemática, a saltar y gritar y perder su voz entre el estruendo de los motores V8 que surcan los desiertos postapocalípticos de un mundo distópico; escenarios ballardianos colmados de ese tipo de detalles que no se pueden calificar sin utilizar prefijos como post o trans, y que se complementan con una estética punki que perfecciona la iniciada por el creador de la saga en los años setenta. A diferencia de otras películas recientes donde la atmósfera creada ejerce un efecto más cautivador en el espectador que el propio guión, Mad Max: Fury Road cimenta su acción visceral, apenas interrumpida por los fundidos a negro y unas breves transiciones narrativas donde se cuelan algunos diálogos, en un guion sin apenas grietas que nos cuenta la historia de una huida y su correspondiente persecución (interminable, eso sí) con solidez y excelentes giros anticlimáticos que, en resumen, convierten esta película en un referente para el entretenimiento y el goce sensorial; una experiencia equiparable a una visita al parque de atracciones con la montaña rusa más grande del mundo; un torrente de sensaciones que conduce a nuestros sentidos a unas cotas de estrés poco habituales; una locura, un espectáculo, un exceso desengrasante, una borrachera de luz, sonido y color con destellos de humor negro y dos excelentes actores que hacen que la cinta sea algo más que la mejor película de acción que he visto en los últimos años.

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