lunes, 11 de mayo de 2015

Eso que llaman futuro


El bibliotecario se sentó un día más en su silla giratoria tras el mostrador de préstamo. Al fondo, frente a su posición, había un ventanal de cristal satinado por el que se colaba una luz vidriosa y apocalíptica. Contempló las estanterías laterales y pensó por un instante en la muerte del libro en papel, en la defunción del libro en todo formato, en la ruina prematura de la industria literaria. A su derecha se encontraba uno de los carritos de madera que se utilizaban para transportar los ejemplares de un lado  a otro de la biblioteca. Sus tres baldas aparecían tan colmadas como las de un supermercado a primera hora de la mañana. No había ensayos, ni poemarios, ni obras de referencia; solo narrativa y tristeza. Aquellos ejemplares de tapa dura y bolsillo tenían un destino común e inminente; serían víctimas de una providencia maldita que los depositaría en la basura sin turno de réplica ni apelación alguna. Un proceso doloroso y cruel. La nueva jefa de bibliotecas provenía del ámbito empresarial y nunca había leído a Hemingway. Había sido contratada para ejecutar un plan quinquenal que tenía por objeto liberar espacio en pos de convertir la biblioteca en un lugar flexible y multiusos, un recinto más parecido a un centro social que a un centro de información (...) 
 
Relato publicado en la revista Hermano Cerdo
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