jueves, 19 de marzo de 2015

París ya no es una fiesta, apuntes sobre "A moveable feast"


¿Es A moveable feast una novela? ¿Una crónica? ¿Un libro de relatos? ¿Son unas memorias? Los veinte capítulos que componen la obra funcionan como textos independientes unidos por un sedal oculto que aporta consistencia al conjunto. París era una fiesta me parece una de las obras más sólidas de Hemingway, autor a quien he criticado con vehemencia en algún artículo por considerarlo históricamente sobrevalorado. Y digo sobrevalorado porque, además de haber sido galardonado con un Premio Nobel, ha sido tratado por la crítica como uno de los más grandes de todos los tiempos a pesar de que algunas de sus primeras obras presentan notables deficiencias técnicas. En cualquier caso, parece indiscutible que con el paso de los años Hemingway alcanzó un nivel muy alto de autoexigencia que se reflejó a la postre en la composición, la técnica y el estilo de sus últimas novelas, muy especialmente en El viejo y el mar. No obstante, como Nobel que fue, y como referente para muchos jóvenes escritores de los años sesenta y setenta, debo encuadrar a Hemingway dentro de ese selecto grupo de autores a quienes debemos exigir el máximo nivel, del mismo modo [disculpa el símil] que el público del Bernabeú exige a sus jugadores un rendimiento constante del ciento por cien, pues, entre otras cosas, algunos de ellos cobran diez millones de euros limpios al año. Sea como fuere, para evaluar al bueno de Ernest con total objetividad debería leerme primero todos sus libros, algo que aún no he podido llevar a cabo. Dentro de ese proceso de puesta al día, y en parte para reconciliarme con el autor norteamericano, se encuentra mi reciente lectura de París era una fiesta:


Podría definir París era una fiesta como una obra de juventud escrita en plena madurez. Hemingway construye este libro con los apuntes tomados en París durante los felices años veinte. Sin embargo, aquella época dorada de la bohéme no parece haber dejado un gran recuerdo en el autor, que retrata con cierta rabia, resentimiento quizá, a muchos de sus coetáneos. Bien es cierto que en aquellos días los apuros económicos conducían al hambre y obligaban a entender la vida como una lucha constante, pero la visión que Hemingway dibuja de muchos compañeros de profesión parece deberse más bien al rechazo de sus personalidades: el santo y pusilánime Ezra Pound, el hipocondríaco y maniático Scott-Fitzgerald, el fatigado e irascible Ford Madox Ford. Muestra Hemingway, sin embargo, un gran afecto por sus “maestros”, entre los que se encuentran autores como Sherwood Anderson o John Dos Passos y mecenas como Gertrude Stein, cuyos consejos teóricos escucha con calma y respeto. Conviene recordar aquí que Hemingway sucumbe al embrujo del arte de la pintura desde el mismo momento en que entra en casa de Stein. A partir de entonces, se basará en ciertas técnicas pictóricas para construir su propia narrativa; desde las estampas parisinas hasta las caricaturas de sus habitantes, todo lo que influye en el proceso de creación literaria nacerá de una estructura cezaniana.


París era una fiesta es, en resumen, el diario de un escritor en sus años de aprendizaje; un texto plagado de apuntes técnicos que quizá poco importen a los lectores que no escriben y que sin embargo pueden hacer disfrutar a cualquier aprendiz de narrador. Y no sólo eso, el libro nos cuenta con detalle algunas conversaciones que el autor mantenía con compañeros de profesión como Scott-Fitzgerald, en las que charlaban sobre editores, autores y libros; lo mismo que hacemos ahora muchos autores jóvenes cuando nos juntamos en los bares. No obstante, y quizá ésta sea la reflexión que convierte a este libro en una biblia mitológica, hoy en día las generaciones literarias cada vez se reúnen con menor frecuencia en los bares y cafés. La red social se ha convertido en el espacio de tertulia por excelencia, un lugar donde uno puede participar simultáneamente en varias conversaciones o debates que, por lo general,  suelen producir un ruido documental que se pierde entre la vanidad malentendida, la lucha por llevar la razón y el desinterés por el aprendizaje.  Un camino bien distinto al que tomara el joven Hemingway en los años veinte.