domingo, 22 de febrero de 2015

Bécquer no era idiota ni Machado un ganapán, crónicas sorianas

Bien parece la pequeña capital soriana, cuando uno la descubre mientras camina por su centro peatonal, una aldea con funciones de administración y ordenación del caos y la nada; el vacío y la despoblación. Pero abajo aparece el Duero, que se lanza agresivo desde los Picos de Urbión y transforma todo gracias al poder purificador del agua, raíz de la existencia y foco de inspiración para artistas plásticos y poetas. Pasear a la vera del río, desde San Polo a San Saturio, por una senda flanqueada por chopos desnudos y blancos que tiritan de frío, se convierte para el viajero observador en una suerte de experiencia mística en la que la inspiración se instala en las tripas y bulle dentro pidiendo ser liberada no por medio de vómitos, sino de rimas y metáforas.  Y de este modo alcanza uno la ermita construida en la roca en memoria del anacoreta, que ciertamente encontró aquí el lugar perfecto para meditar.


Tal vez sea el pintoresco claustro de San Juan de Duero, entre románico y mozárabe, la estampa más conocida de la capital soriana. Al entrar en el recinto destechado tras pagar un euro que suponemos ayudará a conservarlo, la arquería sorprende por su paradójico equilibrio; una armonía encontrada en la mezcla osada de tres órdenes arquitectónicos distintos. A su lado la iglesia románica, modesta, de una sola nave, y sin embargo con dos baldaquinos con cupulillas orientales cuyos capitales labrados en medio relieve destilan una perfección técnica que los hace merecedores de los más grandes halagos de la historia de la escultura románica. Se debe, tan bizarra mezcla entre lo oriental y lo occidental, a que fue la orden militar de los Caballeros Hospitalarios, que había luchado en Tierra Santa, quien fundó el complejo monacal que hoy se puede visitar sin apenas turistas en los fríos días de invierno soriano.



Una de las peculiaridades de Soria es su brigada o resguardo contra el viento. Son más de mil los metros de altitud a los que se encuentra la ciudad, sin embargo, sus cerros protegen al municipio del Cierzo y anulan la sensación de frío que uno puede percibir en su verdadero estado cuando abandona el tramo peatonal y cruza el paseo del Espolón junto al parque de la Alameda de Cervantes, donde los edificios escasean y la climatología cambia. Más curiosidades: las ovejas. Nada más alejarse unos metros del casco urbano, los rebaños de ovejas tomas las laderas de las cerros para pastar a sus anchas; como lo harían en cualquier cañada que conduce a una aldea de montaña. Sin embargo, Soria no es una aldea montañesa, sino una capital de provincia castellana. Aunque esto último es algo que aún dudo; ¿es Soria realmente castellana? Su Plaza Mayor, con la iglesia de Nuestra Señora la Mayor, donde contrajeran matrimonio Antonio Machado y la joven Leonor Izquierdo, nos indica que sí. No obstante, el acento de la gente, el verde oscuro de sus pastos del extraradio y algunos edificios civiles empujan a la ciudad hacia influencias aragonesas o quizá vascas; reminiscencias de un cruce de caminos donde ya pocos paran a descansar.



A Soria llegó Machado para ejercer como profesor de francés en el instituto que hoy lleva su nombre, y la ciudad le inspiró para crear algunos de esos poemas que hoy se estudian en los programas académicos de los centros educativos, como el dedicado al olmo seco; árbol muerto que hoy descansa aislado y, da la impresión, condenado al ostracismo, junto a la puerta del cementerio donde está enterrada Leonor, a quien dibujo en mi mente con uno de esos trajes ornamentados, tan castos, que vestían las mujeres de la época y que me lleva a rememorar la gracilidad que le otorgó Clarín al personaje de Ana Ozores, La Regenta. Y es que la Soria actual podría servir de escenario para la novela de Leopoldo Alas, con su Casino y su Paseo del Espolón, con sus viejas librerías y sus boutiques de moda, con sus chiquillos atrevidos y sus timoratos ancianos; escenas que nos retrotraen a un pasado remoto en que los matrimonios venían concertados y las señoras de bien eran beatas. Un tiempo que, en esencia, no sólo se ha detenido en Soria, sino que sigue dominando los designios de España.