jueves, 19 de febrero de 2015

Atila, de Javier Serena (tres fragmentos)

A partir de aquel momento, espoleado por sus sesudas teorías, se inició una estrecha relación por correspondencia de más de un envío por semana, por lo que muy pronto comprobé que Aliocha Coll era un lector particular, con un hondo conocimiento de los clásicos y un desinterés completo por los escritores de su tiempo. No hubo sólo confesiones de carácter literario. A la vez, sin que mediaran preguntas previas por mi parte, sin que existiera un detonante claro, Aliocha empezó a tratar otros asuntos personales, como los problemas con su esposa o su dependencia de la fortuna familiar, en bruscas revelaciones de intimidad que resultaban un tanto embarazosas entre dos personas que no se habían visto nunca. (p. 46)

Dos semanas después de su fuga silenciosa de Castelldefels, Aliocha sufrió la primera consecuencia desastrosa: Bartomeu, harto del empecinamiento de su hijo, aburrido de su error, decidió no volver a realizar su habitual aportación mensual, y evitar de aquella forma que además de proseguir con su ficción de escritor incomprendido en las lontananzas de París lo hiciera a costa de sus fondos. Sin embargo, tomó la determinación sin advertir ni consultar a nadie, ni siquiera a Aliocha, por lo que el primer lunes de marzo este lo llamó persuadido de que había habido un retraso en el ingreso.
Fue entonces cuando el padre le comunicó que hasta que no emprendiera el viaje de regreso no iba a volver a sufragar sus gastos de manutención: 
-Puedes quedarte hundido entre tus libros, dando paseos junto al Sena -supe por su primo Carlos que le dijo Bertomeu Coll-. Pero si quieres escribir tendrás que trabajar, o aprender a cazar palomas con las que alimentarte. 
 (p.89)

Este singular espíritu que había caracterizado siempre a Aliocha, indómito y anárquico, alérgico a los tópicos y al pensamiento timorato, se evidenciaba sobre todo en sus charlas de madrugada, cuando después de caer la noche y encenderse las farolas que rodeaban el hotel permanecía en los sofás de la planta baja junto a los otros huéspedes. En aquellas conversaciones, algunas veces, dominado por una idea deslumbrante, ganado por un éxtasis revelador, se expresaba con una vehemencia poco frecuente, quizá hasta con violencia, provisto de una convicción en los argumentos que esgrimía que anulaba cualquier posible discrepancia. Otras veces, en cambio, si el asunto sobre el que se discutía no le interesaba, o si se aburría de los fríos tecnicismos con que exploraban alguna obra literaria, o bien se quedaba callado durante horas, o bien se levantaba de repente de su asiento y salía de la estancia, sin ni siquiera disculparse por su ausencia. (p.138)


Atila, de Javier Serena. Tropo Editories, 2014.