sábado, 10 de enero de 2015

La estrella de Ratner, de Don DeLillo



Don DeLillo pretendía “escribir una novela que no sólo tratara de matemáticas, sino que fuera ella misma matemática”. Yo siempre he sido de letras. Me encantan las ciencias, disfruto leyendo artículos sobre física o astronomía del mismo modo que disfruto leyendo las páginas de economía de los periódicos, con el ansia infantil de conocer de un vistazo el mundo que me rodea. Pero debo reconocer que no me apetecía lo más mínimo meterme con una novela de casi seiscientas páginas, sin apenas trama, y con abundancia de personajes extraños con nombres raros que además debaten constantemente sobre asuntos científicos como las propiedades de los números primos. Sin embargo, DeLillo siempre se las arregla para atraerme hacia sus textos; se trata de un autor capaz de transformar una novela de ciencia en una comedia de lo absurdo. Y, de paso, entretener al lector. Como protagonista tenemos al niño, Billy -un genio de catorce años que ha sido galardonado con el Nobel-, a quien el narrador sigue, como si se tratase de un documental donde el narrador es el cámara, a lo largo de su estancia en un centro de investigación secreto escondido en alguna parte de Asia. Billy y su extraño punto de vista pubescente construyen una historia basada en las relaciones del niño con los particulares miembros de la comunidad científica. 

Como suele ocurrir en las novelas de DeLillo, el trasunto de la obra es siempre grave, trascendente: política, economía, terrorismo, ciencia. En este caso, lo que el autor neoyorkino plantea no es más que la necesidad que tenemos los humanos de no sentirnos solos en el Universo, algo que provoca una suerte de ansia por los estudios científicos sobre el más allá y la vida extraterrestre. Sin embargo, DeLillo utiliza el tema como mera excusa argumental para plantear una serie de interesantes reflexiones científicas, traídas no obstante como superficiales conversaciones de peluquería: 

Nuestros átomos se formaron hace miles de millones años en los densos interiores de las estrellas supergigantes. Unas estrellas millones de veces más luminosas que nuestro Sol. Se disgregaron, se descompusieron y empezaron a enfriarse. Ahora tenemos los átomos de esas estrellas en nuestros huesos y sistemas nerviosos. Somos cenizas estelares, tú y yo. Venimos del principio mismo o de cerca de él. (p.273)

Una señal de radio emitida desde la Estrella de Ratner, un astro remoto, llega a la Tierra sin que nadie sepa interpretarlo. Este código binario actúa como una suerte de McGuffin cinematográfico; no sirve para mucho en términos dramáticos, pero mantiene la atención del espectador a lo largo de la obra; después de todo, poco nos importa lo que puedan decirnos los extraterrestres si ni siquiera hemos sido capaces de asegurar que existen. La especulación y la hipótesis como posibilidades científicas aparecen retratadas en esta novela como algo absurdo provocado únicamente para conservar la fe, pues la fe es lo único que le queda al hombre cuando a la ciencia se le acaban las respuestas.

A pesar de que alcanzado el ecuador de la novela la historia se hace un poco densa debido a la abundancia de material científico que el autor utiliza para construirla, uno no puede parar de leer los párrafos magistrales y las reflexiones brillantes que salpican el texto con agilidad felina. Al final, el poso que queda tras la experiencia lectora es el gozo de una lectura intelectual, de altura, como la de esta obra setentera, primeriza, de uno de los mejores escritores del Planeta, rescatada ahora por Seix Barral para deleite de los lectores españoles. 

Todo esto me deprime y me preocupa, en particular la cuestión de qué sucede durante los primeros segundos después de que cese para siempre  la actividad eléctrica del cerebro. Personalmente creo que hay una especie de volcado de dentro afuera. Es mi teoría. Que la conciencia se despliega en un espacio de n dimensiones. Se vuelca al exterior.  (p. 303)

La estrella de Ratner, de Don DeLillo. Seix Barral, 2014. [Traducida del inglés por Javier Calvo] 

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