miércoles, 3 de diciembre de 2014

Ocho relatos de boxeo, de Alexander Drake


El decimocuarto round destacó por la economía de fuerzas y la estrategia. Ambos luchadores estaban agotados y no sacaban los puños sin antes estar seguros de poder hacer diana. Cuando después de alguna combinación quedaban demasiado cerca el uno del otro, Lewis se apresuraba a engancharse a Duncan abrazándole por la cintura para descansar sobre su hombro dejando caer todo el peso de su cuerpo, intentando a la vez cansar a su adversario; a lo que Duncan siempre respondía soltándole un par de manotazos detrás de la oreja. El árbitro no tardaba en separarles y reanudar el combate. Los dos tenían la cara hinchada y deformada. La ceja izquierda de Duncan estaba completamente abierta. Lewis tenía la nariz rota y un par de costillas fisuradas. El público gritaba animando a los púgiles. Querían ver sangre. Querían ver morir a alguien. Dos guerreros frente a frente  luchando por destrozarse igual que dos perros de pelea. Sus cuerpos estaban exhaustos por el esfuerzo. Sus rostros, descompuestos, habían perdido toda apariencia humana. Se había convertido en animales intentando exterminarse. Sonó la campana una vez más.

                                                  ***

Cuando peleaba un boxeador blanco contra otro negro la elección era sencilla; apuesta SIEMPRE por el negro. Era casi imposible que pudieras equivocarte. ¿Pero qué pasaba cuando uno era negro y el otro un mejicano loco? Esos tipos estaban hechos de una pasta distinta. Eran inmunes al dolor y al agotamiento. Habían nacido para morir peleando, y Rodríguez era un buen ejemplo de ello. Sonó la campana. Los dos boxeadores se aproximaron al centro del cuadrilátero. Ambos se odiaban. Cada cual era un fiel reflejo del otro y ninguno se gustaba a sí mismo. Los dos había crecido en las calles, sin familia, pobres como ratas; la droga y la delincuencia siempre a su alrededor. El boxeo era su única esperanza para salir del fango. Pero uno tenía que ser el mejor para conseguir su meta. Era un camino duro. No había segundas oportunidades. Aquí la gente peleaba de verdad. Peleaba por su vida.

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                                                        Febrero de 1937 (Arregui contra Gibson)
 

Su entrenador siempre le decía a Julián que durante los combates debía intentar mantener los nervios templados y la mente en blanco; pero el recuerdo de la guerra y de su hermano muerto se cuelan de pronto en su memoria como un fantasma que no deja de torturarle. Nada más sonar el gong Arregui se lanza sobre su rival, sorprendiéndolo con una derecha a la mandíbula. Gibson retrocede y el vasco le lanza otra derecha potente al rostro que le envía directamente a la lona. Gibson no tarda en ponerse en pie, y de inmediato Arregui se le echa encima con un gancho terrorífico que le manda de nuevo al suelo. El árbitro cuenta hasta 7, y en cuanto se reanuda el combate Arregui vuelve a embestir a su oponente con una ráfaga de golpes feroces al cuerpo y a la cabeza que le hacen caer una vez más provocándole el K.O. definitivo a los 48 segundos del primer asalto.

Ocho relatos de boxeo, de Alexander Drake (Prólogo de José Ángel Barrueco). Lupercalia, 2014.

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