miércoles, 24 de diciembre de 2014

Dejad de hacer el indio (Vinalia Trippers: Duelo al sol)


Cuando me pidieron un texto sobre el salvaje Oeste, me vino a la memoria el recuerdo de algunos western que daban por la tele en mis años de mocedad. Por entonces, a mediados de los ochenta, el género estaba aún de moda y eran muchos los juguetes relacionados con el binomio indios-vaqueros. A propósito de esto diré que el hecho de que la palabra indios preceda a la palabra vaqueros me hace pensar que el hábito popular de citar antes a los indios debe de ser una suerte de memoria histórica que pretende hacer justicia después de que los pieles rojas fueran dibujados como villanos de cine durante muchos años. Veamos: en su expansión hacia el Oeste, los yanquis fueron adquiriendo propiedades, construyendo fuertes y asentamientos y, en definitiva, conquistando el vasto territorio que había más allá de las trece colonias. El Oeste se convirtió por lo tanto en uno de los temas más recurrentes en los inicios del cine, y siguió siéndolo durante muchas décadas, sobre todo en los cuarenta y los cincuenta. Las películas de John Ford, por poner un ejemplo bien conocido, retrataban a los indios como seres salvajes y despiadados que encajaban con precisión en el papel de villanos. En contrapartida estaban los buenos; los vaqueros; la caballería, con su célebre Séptimo de Caballería. Pues bien, siendo todavía un niño, caí en la cuenta de que algo no andaba bien en las historias de los westerns. Más tarde concluí que lo que me escamaba era ver siempre a los indios en el papel de malos malísimos, cuando su calma, su sabiduría, su pipa de la paz y su armonía respecto al entorno natural en el que vivían eran elementos que indicaban que ellos no eran los verdugos, más bien las víctimas. Quedaba patente, incluso para una mente infantil como la mía, que los yanquis eran los invasores y que los indios tenían el legítimo derecho de cortar cabelleras a aquellos que quebrantaran su paz haciendo gala de un imperialismo de corte católico que pretendía evangelizar a los nativos del norte (pues a los del sur ya los habían atrapado los españoles en las redes del cristianismo). El cine funcionaba por lo tanto como elemento propagandístico del sistema que el hombre blanco había impuesto en América y que comenzaba ya a expandirse por todo el mundo. El maltrato cinematográfico a los indios era demasiado evidente, demasiado obvio, y anulaba además la función del cine como séptimo arte para convertirlo en mera propaganda. Quizá por eso la industria fue poco a poco suavizando el perfil del indio y acercándose a su punto de vista con forzada empatía. Prueba de ello es que el propio John Ford hizo una peli “de indios” antes de abandonar definitivamente el género; “El gran combate”, donde por primera vez se mostraba la dignidad de los pieles rojas, su respeto a los ancianos, sus ritos mortuorios, y sus diálogos, algo desconocido para el espectador, a quien Hollywood había acostumbrado a pensar que los indios americanos, además de malos, eran mudos.

Dejad de hacer el indio es mi texto para el nº13 de la revista para adultos Vinalia Trippers, que acaba de cumplir 18 años resistiendo a la industria y al sistema.

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