martes, 18 de noviembre de 2014

Unas palabras sobre Annecy que pueden servir de crónica de viaje


Suele comentarse con entusiasmo la belleza de lugares como Brujas, Praga, Siena o incluso Tallin. Ciudades históricas y monumentales que, de tan bien conservadas, parecen un decorado erigido en medio del desierto; una composición ficticia donde los turistas, atraídos por la fuerza de la historia, se convierten en una masa densa que todo lo inunda. Annecy, sin embargo, alberga en sus viejas calles la verdadera esencia de un pasado que, afortunadamente, nunca pudo escapar de su núcleo urbano. En consecuencia, su casco antiguo parece un mercado medieval gigante y permanente donde el carnicero, el panadero y el mesonero no interpretan otro papel que el de sus propias vidas. Annecy no es pues una ciudad histórica, sino una suerte de máquina del tiempo.


La localidad está situada en un enclave maravilloso; a los pies de un lago de aguas turquesa y muy cerca de las primeras estribaciones alpinas, lo que dota a todo el entorno de esa tonalidad verde botella cuyo pigmento sólo se encuentra cerca de las montañas. Nosotros arribamos allí de casualidad; una tormenta terrible nos expulsó de Chamonix, a los pies del Montblanc, y nos obligó a buscar refugio en alguna ciudad de tamaño medio en la región del Ródano-Alpes. La elección no pudo ser mejor, pues Annecy es uno de los destinos más pintorescos de Europa. Y no sólo por su ubicación, sus monumentos o su red de canales (que la han llevado a ser conocida como la Venecia francesa -en todos los países hay una Venecia nacional; en algunos casos la comparación es un insulto-), sino también porque es un verdadero ejemplo de Vieille Ville: con su Rue Sainte-Claire y sus arcadas, sus paseantes y sus turistas, su château y su catedral, sus puentes de época y sus viejos edificios engalanados con geranios. Una ciudad, en resumen, que, a diferencia de la mayoría de ciudades históricas europeas, destaca por su autenticidad. 

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