jueves, 25 de septiembre de 2014

Sobre "Adiós a las armas" y la figura de Hemingway





La lectura de este libro me ha servido para confirmar algunas de las sospechas que me habían asaltado tras leer Fiesta y Al romper el alba. En otras palabras: Hemingway me parece un autor sobredimensionado. Un producto bien vendido como referente de la literatura americana. Un Nobel justo después de un Pulitzer. Intento encontrar el porqué de su magnitud literaria y concluyo que, indefectiblemente, su vida privada ha contribuido al desarrollo del mito. Bien es cierto que las obras mencionadas entretienen con sus pasajes de acción y sus brillantes descripciones, pero ni generan imágenes directas, ni poseen intensidad dramática, ni desarrollan personajes sólidos. Cabe recordar no obstante que Hemingway, al menos al final de su carrera, sabía escribir de maravilla, como demostrara en su última novela, El viejo y el mar, a la que no me importa tildar de obra maestra, pero, las cosas claras; tras leer Adiós a las armas, para algunos su mejor obra, no he podido menos de escribir unas líneas analizando algunos aspectos:

-Descripciones: como digo, en ocasiones son ciertamente brillantes, quizá lo mejor de su prosa, pero abruman por exceso. Hay párrafos llenos de descripciones que, aun situando bien la escena, no generan imágenes. En algunos casos, sin embargo, parecen redactadas por un colegial o por un alumno de un taller literario. Un ejemplo:

El día había sido caluroso. Remonté el río hasta la cabeza del puente de Plava. Aquél era el lugar señalado para empezar la ofensiva. El año pasado no se había podido avanzar sobre el otro lado, pues sólo existía un camino para bajar desde la garganta hasta el desembarcadero, y, en la extensión de casi una milla, estaba expuesto al fuego de las ametralladoras y la artillería.

-Diálogos: En la primera parte, donde abundan, especialmente entre el protagonista y su amante, se antojan muchos de ellos prescindibles. A veces nos topamos con los típicos diálogos que escribiría alguien que está empezando a escribir narrativa, es decir, transcribiendo una situación real, que no realista, y plasmándola en el papel. Resulta intrascendente reproducir los saludos entre guiones, algo así como:

-Buenas noches –dijo el capellán.
-Buenas noches –me contestó.

***

-Hasta la vista –le dije
-A rivederci, tenente.
-A rivederla.

-Personajes: el personaje de Catherine Barkley es totalmente plano. Tan solo reacciona ante el protagonista masculino; existe por y él y para él. Por otro lado, aparece como un ser divino y caprichoso que otorga a la relación un aire misógino que anula por completo la fuerza dramática del romance (una de las grandes líneas de la obra). El personaje protagonista, Henry, alter ego del autor, es también plano en tanto en cuanto su heroísmo endémico lo lleva a la frivolidad; existe a mi entender una excesiva preocupación por parte de Hemingway en retratarse a sí mismo como héroe valiente y competitivo, como producto americano que además es capaz de seducir a una bella enfermera inglesa, hacerle un hijo enseguida y luego arriesgar su vida por ella.

-Argumento: Adiós a las armas ha sido considerada una de las cumbres de la literatura bélica. Cierto es que la obra narra historias del frente desde el punto de vista de un conductor de ambulancia; hay explosiones, heridos, trincheras, zanjas, hay frente y retaguardia, hay retirada y tensión, hay, en resumen, una recreación realista del marco bélico que sitúa al espectador en un escenario creíble de guerra, pero existe al mismo tiempo una artificialidad en todo ello; una disfunción quizá provocada por la anteposición de la importancia del personaje principal y narrador a la propia guerra. La épica reside en él, en su valor, en su determinación, en su sagacidad, en su astucia, y el autor no consigue crear la sensación de pánico y olor a muerte que, por ejemplo, sí consigue Echenoz en su reciente, 14, o Vonnegut, con un estilo bien distinto, en Matadero Cinco. Son sólo dos ejemplos. En realidad, hay infinidad de novelas bélicas mejor armadas que esta.

2 comentarios:

Molina De Tirso dijo...

Leí "Por quién doblan las campanas" hace tanto tiempo que no podría argumentar mi impresión, pero me quedó claro que no era nada del otro mundo. Por supuesto, "El viejo y el mar es otra cosa", probablemente lo mejor del autor con diferencia.

Mario Crespo dijo...

Sin embargo, tiene algo que me impulsa a leerlo, no es que me aburra con sus novelas a pesar de tantas debilidades. Un saludo y gracias por pasar.