jueves, 3 de julio de 2014

Los escritores han muerto

El mundo editorial ha cambiado mucho en poco tiempo. En una lectura de tendencia apocalíptica, podríamos decir que la industria languidece debido a una conjunción de las circunstancias: la polarización existente entre los grandes grupos y los sellos independientes, la caída de las ventas tras la crisis, la aparición del libro electrónico, el progresivo descenso de la calidad de los superventas... El cambio de modelo sitúa a los escritores de hoy en un lugar bien distinto al de sus predecesores, pues con la llegada de un nuevo orden se produce también un cambio en la posición del escritor dentro de su gremio, y no sólo dentro de su gremio, sino también dentro del imaginario popular.

La muerte de Gabriel García Márquez hizo correr ríos de tinta en obituarios, homenajes y remembranzas. Durante el pasado año también entraron a ese compartimento de la mente llamado recuerdo autores que forjaron carreras muy dilatadas, como Ana María Matute, José Luis Sampedro, José Emilio Pachecho, Juan Gelman o el pequeño de los Panero, Leopoldo María, que además de poeta era todo un personaje. Los nombres de algunos de estos autores se han revalorizado en el mercado editorial y las ediciones de sus obras más famosas se venden en tapa dura, como ocurre con Cien años de soledad, o se exhiben en las mesas de novedades como si en realidad fueran inéditos póstumos (algo que ocurrirá en septiembre con la última novela de Ana María Matute). 

Existe todavía una generación de autores en lengua castellana a la que esos clientes del sistema llamados medios de comunicación rendirán pleitesía cuando fallezcan dentro de unos años; me refiero a aquellos que se hicieron un nombre en los ochenta y los noventa, y que tienen reservado un hueco, quizá no entre lo que se ha dado en llamar gran público, pero sí entre los consumidores de literatura, al menos como nombres conocidos. Se me ocurren algunos: Javier Marías, Juan Marsé, Antonio Muñoz Molina o Enrique Vila-Matas, autores que gozarán de un eco póstumo cuyas ondas rebotarán en las paredes acarreando la palabra escritor.

La profesión de escritor, por lo tanto, al menos para mayores de cincuenta y cinco o sesenta años, es una profesión todavía respetada; una ocupación que hasta las mentes neoliberales más pragmáticas consideran útil, aunque sea en términos de ocio. Pero ¿qué pasará en el futuro?, ¿le importará a alguien la muerte de un escritor?, ¿habrá obituarios de escritores?, ¿habrá algún escritor que además de éxito comercial tenga calidad literaria? Y si no es así, ¿dedicarán los suplementos culturales sus páginas a homenajear a los creadores de sagas de vampiros?, ¿quiénes serán entonces los referentes de las inexistentes nuevas generaciones?, ¿los blogeros y tuiteros?, ¿los que hoy se hacen más visibles a través las redes sociales que de sus ventas?

No son éstas, no obstante, cuestiones que pertenezcan por completo a un futuro nebuloso que no podamos siquiera intuir, pues, desgraciadamente, los escritores no solo se mueren de viejos, sino también en la flor de sus vidas. Hace tres años falleció un poeta bien conocido en el mundillo undeground madrileño; me refiero a José Luis Zuñiga. Su muro de Facebook se llenó de condolencias; fue de hecho uno de los primeros altares virtuales que conocí. También algunos blogs le rindieron homenaje; subieron algunos de sus poemas, fotos, etc. La escritora, profesora y traductora Isabel Nuñez falleció en 2012 tras una larga enfermedad. Su blog le sirvió de diario en el que plasmar reflexiones estremecedoras sobre la enfermedad y la muerte. Fueron muchas las muestras de cariño que se produjeron en la red tras su fallecimiento. Los medios de información, mayormente locales, aunque también nacionales, le dedicaron unas líneas a su figura y a su obra. Pero quizá el reconocimiento más unánime, aunque en ningún caso comparable al de los autores de generaciones anteriores, se lo haya llevado Félix Romeo, escritor y agitador cultural fallecido en 2011. Romeo fue director del programa de televisión La Mandrágora y publicó varias novelas, alguna, como Amarillo, con bastante éxito de crítica y público. Tras su muerte sus novelas volvieron a verse en las mesas de novedades y se editaron tres obras a título póstumo. La muerte de Félix Romeo ha sido por lo tanto uno de los últimos casos en que una pérdida prematura golpea el gong de la información oficialista.

Ahora que caminamos hacia un tiempo terrible para la lírica, parece bastante difícil que nuevas figuras emerjan de la nada (como sucediera hace unos años con Agustín Fernández Mallo, por ejemplo). Me pregunto si ese vacío mediático, aunque paliado con cariño por las redes sociales y los blogs, simboliza la muerte del escritor, pues uno no puede existir si no muere o si, como diría Berkeley, nadie percibe su muerte. Quizá en el futuro, huérfanos de referentes, los medios no anuncien eso de "Muere Fulanito de Tal, genio de las letras" y sin embargo celebren la existencia de algunos de los libros escritos por Fulanito, y los hagan inmortales.

1 comentario:

Molina De Tirso dijo...

Sí, en España sobre todo está el panorama muy árido.

Pero vendrán otros, tienen que venir, la pantalla no lo es todo, hace falta alimentar los cerebros.