domingo, 27 de julio de 2014

Del viaje a la aventura: crónicas alpinas y provenzales



Son tantas las ideas e imágenes que acuden a mi mente en masa, embarulladas, sin orden ni criterio, que mi organismo ha decidido convertirlas en sensaciones calóricas que componen un cuadro alucinado. Estímulos tan potentes que aceleran mi pulso generando una ansiedad que no debe de ser más que un síndrome post-viaje o alguna otra patología que responda al nombre de algún estúpido neologismo. A mis treinta y cuatro años he pisado suelos secos y húmedos, lodo denso y aguas cristalinas, vestigios antiguos y cristales de litronas, cotas reseñadas en los libros de texto y adoquines enemistados con los tacones de las señoras pijas, mierda de burro y de cabra, y también alguna moqueta roja ensuciada por la pestilente falsedad de eso que llaman glamour. Vivencias convertidas en recuerdos que huyen de los archivos mentales y que unifican, en una suerte de viaje onírico, los recorridos turísticos con las aventuras de los exploradores antiguos. Supongo que es la inquietud, la hemorragia de endorfinas y otras drogas de las que no se compran en la calle, lo que me impulsa a buscar el riesgo como si fuera un alpinista que necesita esnifar su dosis de alta montaña. Deslizarse por el asfalto escupiendo virutas de goma neumática hacia los arcenes sobre los que descansan las plantaciones de lavanda, en un movimiento perpetuo que pretende mimetizarse con el ritmo de la Tierra, es una interpretación de la unión con el entorno. Montar y desmontar una tienda de campaña escrutando la peligrosidad de un nubarrón, freír unas salchichas a los pies del pico más alto de Europa, sentir en lo alto de una cumbre un llanto interno que no puede exteriorizarse debido a la emoción y somatizarlo en una arcada son cosas que hacen que esta última aventura me haya reconciliado con mi pasado; los viejos tiempos de estudiante. No se trata simplemente de devorar y asumir tanta variedad urbana y paisajística en cuestión de horas, o incluso minutos, sino de lanzarse al vacío que existe para el viajero en esos pueblos circundados por carreteras comarcales cuando uno necesita mezclar dos idiomas y hacer gestos con las manos para pedir una barra de pan, o cuando, debido a un malentendido, se precisa negociar con los mafiosos locales de un lugar perdido, o cuando, en una frontera de mentira, te detienen y te interrogan los agentes de aduanas. En esos momentos los motores de los aviones suenan a papel cuché agitado y el viajero piensa que incluso el coche, aunque sea humilde y de carga, es algo de lo que no disponían los exploradores del siglo XIX, y que este Tour de Francia particular debería cubrirse a lomos de un corcel sucio, viejo y resistente. Tan resistente como este corazón, encallecido de tanto emocionarse.  



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