domingo, 22 de junio de 2014

Sólo los amantes sobreviven, de Jim Jarmusch



La cámara da vueltas como el disco de vinilo que previamente hemos visto girar, aunque en sentido contrario a éste, y, en un plano general que decrece por zoom in, vemos a los dos protagonistas tumbados bocarriba, pero en espacios distintos, componiendo lo que parece una suerte de plano/contraplano.



Así comienza la última película de Jim Jarmusch, donde, como ya hiciera anteriormente en, por ejemplo, Ghost Dog: the way of the samurai, reinterpreta un género, en este caso el de vampiros, para contarnos, envuelta en una estética de decadente romanticismo, la historia de la condición humana. O dicho de otro modo: Jarmusch nos habla de la historia del tiempo a través de una metáfora que es la historia de la propia película: la de dos vampiros que llevan cientos de años vagando por el mundo y viendo cómo el hombre se destruye poco a poco a base de caer en los mismos errores en los que cayeron los hombres que les precedieron, los mismos en los que incurren los propios protagonistas (que, aunque vampiros, también son hombres) al final de la película, cuando se acercan a la lente en un primer plano en el que, dirigiéndose a nosotros, a los espectadores, apuntan a la yugular antes de atacar por necesidad, por pura supervivencia. Se trata, al fin y al cabo, de la lucha de la especie, la ley del más fuerte.



Luego está la manera de dirigir, el estilo como sello personal, como marca de agua del cine independiente que sirve para distinguir una película de Theo Angelopoulos de una de Aki Kaurismaki, por poner dos ejemplos frikis. Jarmusch crea en Only lovers left alive una atmósfera envolvente construida con elementos como la estética de los personajes, vampiros góticos con polvorientos ropajes del siglos XVIII; el attrezzo romántico, plagado de viejas alfombras persas y cuadros de escritores colgados de las paredes; la iluminación simbólica, en la que destacan los filtros amarillos y los puntos de luz que iluminan a los personajes en la penumbra de algunos planos; o la distorsión del espacio a base de cerrar el diafragma, especialmente cuando los personajes caminan por las calles de la Medina de Tánger.



El simbolismo, que lo es todo en esta película, no deja de funcionar como homenaje al arte, o las humanidades; redentoras de todo lo que de animal tiene la condición humana. Veamos algunos de estos símbolos:

-El blanco y negro: representados en el pelo, en la iluminación y en la indumentaria de los dos personajes principales (Tilda Swinton y Tom Hiddleston) nos muestran la luz y la oscuridad, el optimismo y el pesimismo, el yin y el yan, y, de alguna manera, el equilibrio necesario; Fibonacci y la proporción áurea como balanzas naturales, requisito imprescindible para la convivencia, para que una pareja funcione y dure por los siglos de los siglos (lugar común que en este caso resulta literal).

-Los guiños a la literatura y a la filosofía: sobre todo los cuadros que adornan la pared de Adam, el prota masculino, iconos como Edgar Allan Poe, Franz Kafka, Oscar Wilde o Mark Twain. También la aparición de libros como Don Quijote o La broma infinita, de Foster Wallace, que es un poco lo que es la película: una broma interminable y cíclica cargada de un humor fino pero oscuro, basado en matices como el hecho de que Adam se haga pasar por un médico llamado Doctor Faust cada vez que acude a comprar sangre fresca de estraperlo. Y no solo eso, porque también aparece un Doctor Watson que a su vez llama a Adam Doctor Caligari... Más cosas: los nombres de los protagonistas, Adan y Eva, algo que no es tan obvio como parece, pues lo del principio sin fin viene muy a cuento, y además se refuerza con una ilustración de La creazione de Adamo e di Eva, uno de los paños de las Puertas del Paraíso de Ghiberti. Por otro lado, la película está minada de detalles como los recuerdos de Adam de sus partidas de ajedrez con Lord Byron. Sin olvidar elementos unificadores como la música, no la banda sonora en sí, sino la música como recurso argumental que une pasado presente y futuro.

-Los espacios físicos: Tánger y Detroit, dos ciudades decadentes pero otrora importantes. Ciudades que, comparadas con su época de esplendor, ya no son nada, especialmente Detroit, que agoniza tras la claudicación de la industria de la automoción y que representa a la perfección el fin de un modelo económico y urbano creado por el hombre. También ellas representan, no obstante, el blanco y el negro, oriente y occidente, la luz y la oscuridad.



Jarmusch, en resumen, utiliza el cine de vampiros como excusa argumental para contarnos algo mucho más profundo. De entrada, la apuesta parece más que arriesgada, sin embargo, desde mi punto de vista, una película que por momentos parece que va a convertise en un tostón termina siendo, en las manos del director, un viaje lisérgico e hipnótico a través de la recreación de un mundo ancestral que no sólo lleva al espectador a disfrutar con su estética y su música y su  ausencia de trama -lo cual no implica que el guion no sea canónico y no tenga sus pinzas y sus actos marcados-, sino que también lo conduce a la reflexión.