martes, 3 de junio de 2014

Limbo, de Agustín Fernández Mallo




En esta casa nos suelen gustar las propuestas de Agustín Fernández Mallo; un señor licenciado en Física que vive en Palma de Mallorca, que publica libros, tanto novelas como poemarios, y que en el pasado, creo que no por voluntad propia, abanderó una suerte de generación literaria, y van…, que tomó prestado el nombre de uno de sus libros, Nocilla Dream, el cual, a la postre, se convirtiría en el primer volumen de una trilogía. Pues bien, como decía, en esta casa nos gusta -permíteme un inciso: este blog lo administro yo solo, pero adoro el plural mayestático que usan los deportistas del mundo del motor o los deportistas muy humildes, como Indurain- Agustín Fernández Mallo, o, más bien, las propuestas literarias de Agustín Fernández Mallo, porque nos atraen los pensadores contemporáneos cuya materia prima son los elementos del mundo de hoy, sin embargo, hay cosas dentro de su literatura que no terminan de calar en lectores apasionados como yo, quizá debido a esa frialdad inherente a la ciencia, a esa matemática literaria que en este caso nos cuenta historias que podrían poner los pelos de punta, como un secuestro, y que sin embargo, deliberadamente, no lo hacen. Pero centrémonos en Limbo, su última novela, que es la que hemos venido a reseñar, de una vez:

Como no podía ser de otra manera, o tal vez sí, si en vez de Agustín esta obra la hubiese escrito otro ser humano apellidado Fernández Mallo, la novela posee una estructura fragmentada en varias partes que sirven para contarnos varias historias que sin embargo están unidas por un fino hilo que subyace a toda esa amalgama de frases que forman descripciones e ideas y que llamamos primer nivel de lectura. La gracia de todo esto, por lo tanto, o al menos de todo esto como artefacto, se encuentra en el sótano, en los cimientos de un secuestro del que "hay que contarlo todo", en la última onda del Sonido del Fin suspendida en el aire , en la trascendencia fallida del físico Heisenberg, en el FIB chino, en la descomposición del todo en partes más pequeñas, en fragmentos de fragmentos ya fragmentados y en sus posibles subdivisiones, y así hasta alcanzar la mólecula y el átomo y volver a la filosofía de los milesios, que aunque no sabían mucho de física eran capaces de intuirlo todo y más, y en esto llegamos a lo que le interesa al autor la mecánica cuántica como regente del mundo que conocemos, pero también como ‘hacedora’ del mundo de la literatura. En realidad, esto es una gran paradoja en la que partimos de lo absoluto, el todo, lo máximo, para llegar a un minimalismo aparente que es su narrativa, su sino, su razón de ser; la búsqueda de una verdad que sólo puede demostrarse de manera empírica, frase a frase, metáfora a metáfora, con estudiada sutileza lírica, así, bien batidito en apariencia, aunque, ¡qué carajo!; al final el todo es la nada; nihilismo puro, fórmulas que cuidan las figuras literarias, propuestas, en resumen, imprescindibles para el lector de nuestro tiempo.

La mujer que mata, me dije, mata simbólicamente a sus hijos. Un hombre dictador siempre es un fallo del sistema, una mujer dictadora es un fallo de la especie. (p. 65)

Limbo, de Agustín Fernández Mallo. Alfaguara, 2014. 214 páginas.

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