martes, 13 de mayo de 2014

Nebraska, de Alexander Payne, dos grandes actos y un 'too happy' desenlace



Los papeles de anciano solitario y algo trastornado suelen dar buenos resultados en pantalla; emocionan con facilidad y encuentran la empatía del espectador sin mucho esfuerzo. Nebraska es una de esas historias que tienen por protagonista a un anciano. Un anciano muy terco, en este caso; tan obstinado que se empeña en acudir a Lincoln (Nebraska) para recoger un supuesto premio de un millón de dólares que no es más que uno de esos reclamos publicitarios con trampa que usan algunas revistas americanas para atraer suscriptores. Pero el viejo, un espíritu puro, cree todo lo que dice la gente; cree a la gente, y ve en ella una bondad natural, como la suya propia, que sin embargo muy pocos poseen.

Y de esto va la película; de alguien que se cree todo lo que le cuentan porque no concibe la mentira. O dicho de otro modo; de alguien que representa la verdad en un mundo de mentiras y de mentira. En un mundo de avaricia donde la gente pondera la intensidad de las relaciones humanas en función del beneficio que saca de ellas. Especialmente en los Estados Unidos, un lugar donde todo es por, para y según el dinero. Por lo tanto, la historia de este anciano perturbado y cabezota es una bella, y  muy emocionante, metáfora de la pureza espiritual en el mundo del dinero y la mentira.

El factor geográfico es un hecho que no podemos despreciar. Parece que lo rural, lo rural como estilo, el “rural” americano está viviendo un momento de auge. Son muchas las historias, sean libros, pelis o series, que se ambientan en el sur de los Estados Unidos, en estados como Georgia, Ohio, Louisiana, Montana o Nebraska. Se trata de mostrar su forma de vida como anacronismo; sus costumbres, su forma de entender la religión, su argot ininteligible, pues en semejante escenario se puede incluir de todo, desde historias de amor hasta crímenes, intrigras policiales, noir, etc. Y además nos sirve para reflexionar. En este caso, el protagonista hace una parada de su viaje (el cual hace junto a su hijo) en el pueblo donde nació y se crió y donde vive toda su familia, a la que hace siglos que no ve; allí intentarán jugársela sus conocidos y familiares; le pedirán parte de un dinero que no tiene ni nunca tendrá e incluso intentarán cobrar viejas deudas haciendo gala de una catadura moral infame que acerca a estos especímenes al reino animal y los aleja, definitivamente, del género humano.

Y ahora viene la crítica, porque la película es muy brillante, pero también muy imperfecta, quizá debido al hecho de que intenta ser muy americana; plasmar claramente America, o esa otra America. Y, obviamente, ese americanismo es algo que no se puede evitar ni en la forma de rodar. Nebraska peca de efectista, sobre todo durante el epílogo final, tan emocionante como impostado, falso; tan mentiroso como los personajes que intentan robarle al viejo Woody un dinero que no tiene. Y es que la música, los primeros planos del viejo y el camino por las nubes hacia el happy end, demasiado happy, convierten el final en un ejercicio lacrimógeno que anega los párpados impidiendo el normal funcionamiento del sentido de la vista.

1 comentario:

Igor dijo...

Ya es curioso que algo sea emocionante e impostado a la vez.
A mí me resultan absolutamente incompatibles. Por eso la película no me emociona nada; ni el principio, ni el final, ni lo que está en medio.