domingo, 16 de marzo de 2014

Las brujas de Zugarramurdi, de Álex de la Iglesia


Nos gusta mucho Álex de la Iglesia en esta casa. Salvo contadas excepciones (Los crímenes de Oxford), las pelis de Álex me parecen genuinas y sólidas, composiciones donde la armonía de las partes conforma el todo. Pero su última película, Las brujas de Zugarramurdi, supera su filmografía más reciente (Balada triste de trompeta, por ejemplo) y nos retrotrae a La comunidad y El día de la bestia, sus dos mejores obras, en mi opinión.

Todo comienza con un rocambolesco atraco que abre el telón para que se desarrolle el primer acto. El estilo “de la Iglesia” queda patente en lo grotesco, lo contemporáneamente goyesco, de la situación; unos falsos mimos de la Puerta del Sol atracan una tienda de compraventa de oro con la colaboración de un niño, el hijo de uno de ellos, que hace de enlace desde el interior. El botín que consiguen llevarse es una bolsa de deporte llena de anillos, de alianzas, de sueños rotos e ilusiones desvanecidas; excelente metáfora del tema que aborda la película; la inteligencia femenina respecto a la masculina. Una vez fuera, y tras un debate surrealista que se abre durante el atraco, los tres ladrones secuestran un taxi, en el que va un señor de Badajoz, con el que huyen hacia Francia. Tanto la policía como la exmujer de uno de los atracadores, les perseguirán gracias a que el niño se olvida la mochila en el local. Pero antes de llegar a Francia, los tres coches tendrán que cruzar el pueblo navarro de Zugarramurdi.

Pues bien, sobre esta base sinóptica, Álex de la Iglesia construye una historia aparentemente sencilla que sin embargo está cargada de significado entre líneas, de segundas lecturas, y que termina resultando una suerte de estudio antropológico simplificado hasta el tópico, pero que no obstante funciona como mensaje. Mensaje lanzado con un espectacular derroche de megalomanía cinematográfica a través de la cual el director vuelve a dar muestras de su genio para rodar secuencias de acción y para trabajar la escenografía y la puesta en escena. Observo, de todas formas, una tendencia a la exageración tarantiniana mucho más acentuada que en películas anteriores. Un Tarantino muy hispano, eso sí; tanto que, de hecho, por momentos de la impresión de que uno está viendo Abierto hasta el amanecer, de Robert Rodríguez. En cualquier caso, en la película aparecen los elementos más reconocibles de la filmografía del director vasco, como la obsesión por la arquitectura y su función estética y simbólica dentro de los planos (sirva como ejemplo, en este caso, la comisaria de policía, que pudiera parecer una inclusión gratuita) u otro temas habituales del director: las mascaradas (los mimos, las brujas), un guiño al arte dramático como medio de expresión, o el festival del horror y el freak show (Acción mutante, El día de la bestia), que forma parte de un gusto y una estética oscura, algo expresionista, gótica, si quieres, que resulta una constante en su estilo. Pero dicho estilo también implica el fusilamiento de planos a modo de homenaje (algo muy habitual también en Tarantino); la película tiene una escena copiada, arrancada como un fresco, plano a plano de Los Goonies; el momento en el que el niño se echa a la carretera para detener un coche que le auxilie y el conductor es uno los malos, algo de lo que el espectador se percata gracias al plano objetivo que refleja la cara del malo en el retrovisor mientras vemos al niño lamentarse. Otro aspecto extraordinario del filme es la banda sonora, con mención especial para el Baga, Biga, Higa, de Mikel Laboa, como acompañamiento del festival audiovisual final. No me puedo olvidar, por supuesto, de un reparto donde Mario Casas y Hugo Silva encajan a la perfección con los veteranos y habituales de Álex de la Iglesia (como Teréle Pávez, Carmen Maura, Carolina Bang o Carlos Areces).

El último acto narra un aquelarre en el que se sacrifica a un niño y en el que aparece un monstruo, muy logrado en cuanto a la técnica efectista, que representa una Venus de Willendorf. Y es que la esencia de la película versa sobre la confrontación de las naturalezas masculina y femenina como extremos que se repelen con la misma fuerza con la que se atraen. El fracaso matrimonial como impulsor del fracaso vital; las acciones desesperadas, los problemas legales, matriarcado vs. patriarcado, la custodia de los niños. Y la posición de debilidad del hombre ante la ley. Algo a lo que, en algunos casos, como el que trata la película, puede empeorar si la mujer pretende hacer sufrir al hombre comportándose como una bruja (de Zugarramurdi). No obstante, el epílogo deja claro, supongo que en previsión de las críticas que le podrían haber caído por parte de algún sector feminista, que también hay brujas buenas.