sábado, 14 de diciembre de 2013

12 años de esclavitud, de Steve McQueen, la gran esperanza (blanca)


Cuando descubrí a Steve McQueen en Shame (Hunger la vi posteriormente) pensé: «¡la gran esperanza blanca!». Luego, buscando  información suya en Internet, o, como se dice en inglés, googleándolo, me di cuenta de que era negro. Obviamente, lo de la esperanza blanca, no es más que una frase hecha; me refería a que es una de las grandes esperanzas del cine. No obstante, el hecho de que el director sea negro cobra cierta importancia en estos momentos. Veamos: mi broma, algo estúpida, quizá con cierto mal gusto para mentes bienpensantes, tiene mucho sentido, pues 12 años de esclavitud, nos cuenta la historia de Solomon Northup, un hombre libre de raza negra que fue secuestrado y vendido como esclavo. McQueen, quien ya abordara un tema social en Hunger, se atreve ahora a denunciar el racismo. Y, como decía arriba, el tema cobra una lectura más profunda en estos días:

El tributo rendido por el mundo entero a Nelson Mandela tras su muerte o el hecho de que “tengamos” un presidente americano de color son cosas que demuestran que quizá, en algunos aspectos, haya uno nuevo orden mundial. McQueen, consciente de ello, involucrado en ello, no ha desaprovechado la oportunidad que le ofrecía la producción de Brad Pitt (quien tiene un pequeño papel en la película gracias al cual podemos ver un cara a cara Fassbender-Pitt) y ha apostado por otro tipo de proyecto, uno que le va a catapultar hacia los Oscar, uno que le sirve de altavoz. Sin embargo, ha sido consecuente con su obra y no sólo no ha abandonado su estilo crudo, descarnado, hipnótico, subyugante, sino que ha ido un paso más allá llevándolo hasta el límite. Estaba seguro de que así lo haría. Y es que Steve McQueen era uno de esos directores jóvenes a los que venía siguiendo desde hacía tiempo (junto a otros como Cianfrance o Winding Refn). Aunque con esta película ha dejado de ser una promesa; ha explotado para confirmar que está aquí para quedarse, para marcar una época y para demostrar que el mundo del cine también tiene un nuevo orden.

12 años de esclavitud es la historia más convencional de McQueen; nos cuenta una historia real, basada en una obra literaria, de manera aparentemente realista, sin concesiones. No obstante, la construcción de las secuencias obedece a esa forma tan personal de realizar que tiene el británico; a esa poética visual. La iluminación, que pasa de un límite oscuro, muy caravaggiesco, del INT-NOCHE, a un blanco puro que deslumbra en el EXT-DÍA, es el primer elemento del truco hipnótico del mago McQueen. El segundo son los planos, la extrañeza que producen; parecen fotografías de las que ganan premios Pulitzer; tanto la angulación como la escala sorprenden, pero no extrañan, porque enseguida podemos entender su significado. Cabe destacar el plano fijo de un ahorcamiento fallido, que se extiende en el tiempo varios minutos que se hacen eternos. En él vemos la crudeza de la escena del primer plano en contraposición con la indolente (a la fuerza) actitud de los personajes que vemos en segundo plano, que parecen ejecutar de manera rutinaria su tarea como si nada ocurriese. El tercer elemento sería la música. Pero de esto hablaremos en el siguiente párrafo.

La historia es potente. Es una historia que merece la pena contar. Creo que cualquier ser humano con corazón debe empatizar, y, por lo tanto, emocionarse, por la injusticia que sufrieron muchos hombres por el simple hecho de tener una piel diferente. De todas formas, cualquier producción de Hollywood al uso nos la habría contado edulcorada y con un excedente de violines y de travellings circulares que buscan la lágrima fácil. Y esto de la música es un aspecto importante, pues McQueen busca crear atmósferas más que emocionar. Y para ello cuenta con las manos mágicas de Hans Zimmer, cuyas atmósferas penetran en el cerebro humano y se quedan unos días en él. Supongo que como la película, que permanecerá un tiempo mi cabeza, y, espero, para siempre en la historia del cine.  

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