jueves, 10 de octubre de 2013

El uso de la elipsis en Cruce de caminos (The place beyond the pines)


Acudir a unos multicines un sábado por la tarde, a primera hora, eso sí, y darte cuenta de que estás solo en una sala enorme, gigante, es una sensación apocalíptica que no todo el mundo ha tenido ocasión de experimentar. Cuando se apagan las luces y comienzan los tráilers notas algo similar al miedo y esperas que de repente alguien te asuste por detrás como si en vez de estar en el cine estuvieras en el Viejo Caserón del Parque de Atracciones de Madrid. Es un sensación que todo el que se jacte de cinéfilo debería vivir al menos una vez. Es como un pase privado que el mundo del cine te regala en agradecimiento a tu cinefilia; al interés mostrado al ir tú solo a visionar en pantalla grande una película que podrías descargarte en casa y ver en el ordenador mientras comes pizza Casa Tarradellas y bebes Pepsi. Y entonces, cuando la película está a punto de comenzar, una joven señorita sube a tientas las escaleras acarreando unas bolsas de cartón (nótese que los multicines están en un centro comercial) y termina por sentarse justo detrás de ti. En ese momento cambias el terror por el morbo y piensas que en cualquier instante te susurrará algo al oído y os besaréis apasionadamente amparados en la oscuridad e intimidad de la sala.

Cuento todo esto como parte de mi experiencia cinematográfica, pues ésta no sólo consiste en visionar una película, sino también en percibir el cúmulo de sensaciones provocadas por el espectáculo del cine visto (o vivido) en una sala de exhibición. Sala que, como digo, estaba casi vacía. Y es que la mayoría de espectadores se han olvidado ya del vivir y sólo pretender ver; devorar historias como si fueran capítulos de televisión. Pues bien, una película como The place beyond the pines (traducida con el nada literal título de Cruce de Caminos) no es, como diría David Foster Wallace, un espectáculo de Porno de Efectos Especiales, una de esas películas que hay que ver en el cine sí o sí, pero es, no obstante, una buena película. Y verla en pantalla grande, a oscuras y con dolby surround, la hace aún mejor.

Se trata de la historia de dos familias cuyas vidas se cruzan (de ahí la original traducción al español); la del pendenciero y macarra Ryan Gosling, que hace de feriante americano, y la del perfecto y guapetón Bradley Cooper, que hace de poli honesto. Cuando acaba la historia del primero comienza la del segundo. Y luego una tercera que implica a otra generación pero de la que no voy a decir nada porque provocaría un spoiler. En realidad, no tengo intención de contar nada más sobre el filme, ni siquiera voy a hablar de las estupendas interpretaciones, con mención especial para la naturalidad y la falta de maquillaje de Eva Mendes, pues escribo este texto sólo para comentar el uso de la elipsis, algo que aún no he empezado a hacer a pesar de que ya casi estoy terminando el artículo. 

Como he dicho antes, Cruce de caminos nos cuenta tres historias a lo largo del tiempo (tres principales y alguna que otra tangencial) y para ello lleva el término elipsis hasta sus últimas consecuencias. De hecho, nada más comenzar el metraje se produce un salto temporal de un año al cabo del cual el quinquillero Gosling regresa a la ciudad en la que empezó el filme con su atracción de feria y descubre que tiene un hijo fruto de un lío con una camarera local. Ahí empieza todo el baile temporal; el hijo tiene que crecer y para ello el guion evita lo contingente (aun así el metraje es de dos horas y veinte minutos). El hijo es por lo tanto la primera pinza de un guion que, sin embargo, no sigue el famoso paradigma de Syd Field al pie de la letra, ya que esta pinza está colocada mucho antes de lo que recomienda el autor americano. A partir de aquí, las elipsis serán el elemento articulador de la película, que saltará hacia el futuro siempre que sea necesario hasta alcanzar el punto en que el hijo, ese niño que actuaba como pinza al principio, deje de ser bebé y, convertido en adolescente, y tras unas cuantas elipsis, lleve a cabo el desenlace, inseparable, por cierto, de la historia de sus padres y de la de otros padres que se cruzaron en la vida de sus padres.

El director Derek Cianfrance (Blue valentine) demuestra valentía y nos deja respirar un poco de aire independiente dentro del bosque de superproducciones americanas “más de lo mismo”, lo cual es de agradecer, pero lo hace abusando de ese recurso inherente a la narrativa cinematográfica que se llama elipsis. Algo que apenas se percibe cuando se utiliza con sutileza.

Ah, por cierto, se me olvidaba: la película me hizo disfrutar bastante. Mucho más que la señorita que me acompañaba en el cine, cuya supuesta belleza recreada en mi mente se deshizo en cuanto se encendieron las luces. 

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