miércoles, 23 de octubre de 2013

El camino de ida, de Ricardo Piglia


Me encantan las historias ambientadas en la universidad; rezuman cultura y sabiduría por entre las vetas del argumento. Como reconoce el propio autor en el libro, “los campus son lugares muy interesantes”. Y ciertamente, son un nido de celos, odios, envidias y otras bajas pasiones, pero, eso sí, todo abordado desde la corrección, la educación y la buena formación. Las dos últimas novelas universitarias que recuerdo son Stoner, de John Williams, y Un momento de descanso, de Antonio Orejudo. Ambas deliciosas. Sin embargo, la novela de Piglia me ha decepcionado. El camino de ida es el primer libro que leo del autor argentino y, la verdad, tenía tan buenas referencias suyas, que me esperaba otra cosa. Algo más armado, quizá con una intriga menos visible, con figuras literarias menos previsibles, con personajes más definidos, con mayor capacidad para generar empatía. En cualquier caso, estoy dispuesto a darle más oportunidades al autor porque, no obstante, y a pesar de que mi valoración final del libro no sea buena, he sido capaz de apreciar algunas virtudes que, aun desperdigas, dejan la impronta de un autor inteligente e interesante.

¿Que de qué va el libro? Yo diría que habla sobre la violencia ilustrada, sobre la violencia que proviene del intelectualismo; sobre esa rebelión que se cocina en las instituciones educativas. Violencia y universidad. Tal vez por eso la historia transcurre en los Estados Unidos; el país de las libertades y de las armas, de la violencia de estado. No estoy dispuesto a contar el argumento de la novela, porque además la editorial Anagrama se ha tomado la molestia de desgranarlo muy concienzudamente en su contraportada, tanto que, más que un sumario, resulta un resumen sintético de la novela; es la novela en sí, pero resumida y sin metáforas. Bueno, venga, hablaré un poco del argumento, aunque sea a grandes rasgos: el profesor Emilio Renzi (personaje habitual de Piglia y suerte de alter ego) acude como profesor invitado a una prestigiosa universidad norteamericana que está aislada de cualquier núcleo urbano. Allí mantiene una relación con una conocida y brillante profesora especialista en Conrad (los alter ego siempre mantienen relaciones con atractivos personajes de ficción, qué curioso). Poco después, la profesora, Ida Brown, fallece en extrañas circunstancias. La policía investiga el caso sin tener claro si su muerte obedece a un accidente o a un asesinato que formaría parte de una serie de incidentes conectados entre sí. Y de aquí parte una trama de género negro que al menos entretiene y entre la cual se cuelan buenas reflexiones sobre las que vamos a hablar:

Resulta que el asesinato de la profesora parece estar ligado con una serie de acciones promovidas por un brillante cerebro ilustrado que lucha contra el capitalismo siguiendo la filosofía de Thoreau y los ecologistas. Y aquí estriba lo más interesante del libro, las reflexiones sobre qué tipo de vida es más adecuado para el hombre: «(…) Mis compatriotas se dividen entre los que hacen crecer furiosamente las ciudades, fabrican autos y asfaltan miles de millas, y los que se meten en la pradera y viven en contacto con la naturaleza. Entre ellos será la batalla final que empezó como una guerra entre los pieles rojas de las mesetas y los carapálidas que venían de las ciudades» (p. 193). Conforme el segundo acto avanza, parece que es la intriga la que depende de las reflexiones, y no al revés. En consecuencia, el argumento se difumina en un limbo neblinoso. Por otro lado, se nota que la historia tiene un cariz autobiográfico (Piglia estuvo de profesor en Berkeley en esos años en que ambienta la novela) que pierde la verosimilitud del principio al meterse en esa suerte de novela policíaca un tanto rocambolesca. Piglia parece haber construido una obra autoficcional juntando sus experiencias en la universidad de Berkeley con una intriga que parte de unos hechos reales acaecidos en Norteamérica; el caso del Unabomber, que envió 16 cartas bombas causando tres víctimas mortales.

La novela es irregular y tiene picos de intensidad que suben y bajan haciendo perder por momentos el interés lector. El camino de ida es como un guiso elaborado con buenos ingredientes pero mal combinados, con las dosis equivocadas, tal vez. Es un pastiche entre una autobiografía ficcionalizada y una ficción creada a partir de una noticia. Es, en resumen, una obra con destellos de calidad, compuesta por alguien con cosas importantes que decir y con mucho conocimiento del terreno, pero interpretada quizá para un público más amplio del que una novela intelectual puede abarcar. Es posible que este hecho haya condicionado todo el conjunto y provocado mi crítica. 

El camino de ida, de Ricardo Piglia. Anagrama, 2013.