martes, 20 de agosto de 2013

El plantador de tabaco, de John Barth


Pongamos un supuesto práctico: alguien, un lector cualquiera (que no esté mal-herido, a ser posible) aborda la lectura de esta novela sin detenerse en la biografía de la solapa, sin saber quién es el autor ni a qué siglo pertenece; sin prejuicio de ningún tipo. ¿En qué época situaría su escritura? Podría hacerlo en varias, pero dudo que pensase que fue escrita a principios del s. XVIII del mismo modo que dudo que pensase que fue escrita en 1960. Vayamos un poco más allá: si en esta obra apareciesen IPhones, software libre, vídeos de Youtube, mensajes de Whatsapp y reflexiones de Deleuze, en vez de piratas, chalupas, pergaminos, baúles y consideraciones platónicas, tardarían poco los adalides posmodernos en tatuarse su portada en el cuello, pues posee un perfecto equilibrio en la aleación de los elementos narrativos que conforman el pastiche intertextual. Claro, quizá si el lector se diera cuenta de esto enseguida, de lo de la aleación, digo, no dudaría entonces que la obra fue escrita en la centuria de Kafka, Joyce y Gombrowicz. Y es que El plantador de tabaco, con su fragmentación, sus digresiones su intertextualidad y su original estructura se antoja faro de las técnicas narrativas posmodernas. ¿Y qué decir del estilo? ¡Pardiez!, una réplica del practicado antaño; trabajado con la minuciosidad y la precisión con la que se elabora un cesto de mimbre. Empero, más propio de la novela dieciochesca que del modelo cervantino. Pero, como en ambos casos, con la gran, y tal vez única, pretensión de desenmascarar el realismo a través de la prosa.

Como ya hemos dicho, la esencia cervantina recorre la espina dorsal de esta obra, aunque no tengo muy claro si como mera influencia o como reinterpretación “a la americana”. Yo diría que más bien como influencia, pues refiere Eduardo Lago en el prólogo que Barth, uno de los grandes autores norteamericanos de la postguerra, estudió en la Universidad John Hopkins con Pedro Salinas, “bajo cuya dirección leyó el Quijote”. Y, en efecto, se cuentan por centenares los elementos que enlazan el Quijote con el Plantador, sobre todo en lo referente a dos cosas, a saber: las hilarantes andanzas de los personajes; los andurriales narrativos de la digresión. Gracias a lo segundo, atisbamos otra de las influencias clásicas que marcan la obra de Barth, Las mil y una noches. Y es que su obra se basa esencialmente en el arte de contar historias; historias dentro de la historia (lo pongo en cursiva porque en español no hay distinción entre story and history). Por otro lado, en la faja de la edición de Sexto Piso encontramos una nota de la revista Time que compara al protagonista de El plantador de tabaco con el Cándido de Voltaire. Y, ciertamente, parece que la pretensión de Barth era crear una novela ilustrada que sin embargo no tuviera nada que ver con las novelas ilustradas. ¡Vaya si lo consigue!

Veamos pues: John Barth nos sumerge en el fantástico y surreal viaje de Ebenezer Cooke (personaje inspirado en un poeta real) hacia las plantaciones que hereda de su padre en Maryland. Será lord Baltimore, dueño de la colonia, quien le otorgue el título de poeta laureado con objeto de que cante, cual Homero, la Ilíada de Maryland, la Marylandíada, en pos de salvaguardar la verdad de la telaraña de intrigas que se generan en el territorio debido a las luchas de poder entre papistas y protestantes. Y serán estas intrigas las que configuren la estructura de la obra articulándose ésta en torno al sinfín de historias que se van sucediendo. Las mascaradas, basadas en los incontables cambios de identidad de los personajes, tiñen la novela de un tono surrealista que se aleja, conforme avanza, del aparente realismo del inicio. Es entonces cuando la historia se diluye en las historias hasta que queda sólo el poso y el lector se pregunta qué es lo que el autor ha pretendido depositar en el fondo del libro. Como en toda obra para el recuerdo, más allá de lo social, de lo político, de lo metafísico, queda la condición humana, esa gran BROMA. De ahí que aquel que pretende escribir una nueva Ilíada se convierta finalmente en el protagonista de una nueva Odisea. Pero indaguemos un poco en sus entrañas: tenemos a un poeta incapaz, torpe y fracasado que sin embargo acaba siendo nombrado poeta laureado debido a una concatenación de casualidades que, no obstante, se resumen en una; las manipulaciones de su mentor y amigo Henry Burlingame III, un vividor avispado y astuto que cambia de identidad como de casaca y que por momentos actúa como el Sancho Panza de Ebenenzer. Tenemos a su hermana gemela, Anna, que funciona de contrapeso ante la torpeza de su hermano. Tenemos a Bertrand, el criado traidor, que sirve de antítesis al personaje bondadoso e ingenuo de Ebenezer. Tenemos a la prostituta Joan Toast, amor platónico del poeta. Tenemos, en resumen, una serie de personajes pintorescos que orbitan en torno a uno, Ebenezer, el poeta laureado de Maryland:

“En los años finales del siglo XVII había entre los juerguistas y petimetres que frecuentaban los cafés londinenses un individuo delgaducho y zanquilargo llamado Ebenezer Cooke, con más ambición que talento y, sin embargo, más talento que prudencia, el cual, al igual que sus compañeros de juerga, que en teoría estaban educándose en Oxford o Cambridge, encontraba en los sonidos de la madre lengua inglesa más un motivo de juerga y diversión que algo con sentido, con lo que se podía trabajar y, en consecuencia, en lugar de entregarse a los sinsabores de la erudición, el tal Ebenezer aprendió el arte de versificar, dando en desgranar, conforme a la moda de entonces, cuadernillos de pareados plagados de Joves y Júpiteres espumeantes, entre el estruendo de las rimas estridentes y símiles que de tanto tensar la cuerda, a punto estaban de romperla.”

Ebenezer representa una suerte de NeoJesuscristo, un espíritu puro que se mantiene virgen por convicción y militancia puritana y que, de tan tonto, actúa con una compasión y una misericordia que no tienen cabida en un mundo lleno de ladrones, furcias, contrabandistas, manipuladores y especímenes varios. Ebenezer, además de poeta, de creador –lo cual ya implica ser un outsider- es la antítesis del ser humano estándar, si hubiera más gente como él, el mundo sería más justo, y también más estúpido.

La lectura de El plantador de tabaco resulta fascinante como experiencia. Y no sólo por la exquisitez y precisión de la prosa, por la inteligente y original forma de reinterpretar la epopeya o por el trabajado desarrollo de los personajes que deambulan por sus páginas, sino, sobre todo, por su capacidad para mantener la intensidad en todas y cada una de las historias que se generan dentro de la historia principal -si es que ésta existe más allá de la sinopsis- a lo largo de las mil doscientas páginas que tiene la reciente reedición de Sexto Piso. Una joya.


El plantador de tabaco, de John Barth. Sexto Piso, 2013. [Traducción y prólogo de Eduardo Lago]. 

2 comentarios:

pepe pereza dijo...

Me la apunto en la lista de la compra. Gracias por la información.
Un abrazo.

Mario Crespo dijo...

Merece la pena sumergirse en sus 1200 páginas. Obra imprescindible.