lunes, 22 de julio de 2013

Grandes lecturas XI: El viejo y el mar, de Ernest Hemingway; de París a Lanzarote

Me encontraba releyendo París no se acaba nunca, de Vila-Matas, recientemente reeditada, cuando topé con una sentencia de Hemingway que me hizo reflexionar: “un hombre puede ser destruido, pero no derrotado”. La frase pertenecía a El viejo y el mar, de Hemingway, y entonces me pregunté por qué no había leído obra alguna del archiconocido autor americano, o más bien por qué nunca había sentido atracción o necesidad de hacerlo, hecho que, me parecía, representaba un lunar, una carencia, en mi formación literaria. En ese momento recordé una frase de la segunda temporada de la serie de televisión Lost (Perdidos) en la que John Locke le entrega a su prisionero Ben Linus (todavía conocido como Henry Gale) Los hermanos Karamázov para que mate el tiempo y Ben le pregunta irónicamente si no tiene nada de Stephen King. Más tarde Locke apunta que Hemingway quiso ser el escritor más grande de todos los tiempos pero que sin embargo nunca pudo escapar de la sombra de Dostoievski. En ese momento, Ben le pregunta a cuál de los dos representa él, si al genio o al que vive a la sombra de éste; magnifica metáfora de la lucha entre la ciencia y la fe que recorre toda la serie. Dudo que sea ésta la razón por la que había leído varios libros del maestro ruso y ninguno del americano. No obstante, no descarto tampoco que mi ignorancia respecto a la obra de Hemingway tenga algo que ver con aquella escena de Lost que se me quedó grabada. Así que inmediatamente después de cerrar el libro de Vila-Matas, me dirigí a la estantería y agarré una vieja edición de El viejo y el mar, publicada por Planeta y cuya edición, la vigésima, la que tenía en las manos, databa de 1984.


El viejo y el mar es un relato maravilloso que nos narra las desventuras de un viejo pescador que recuerda con tristeza un tiempo pretérito en el que era joven y fuerte e imbatible como pulsero de taberna. El viejo cuenta con la colaboración ocasional de un joven muchacho que en los últimos tiempos navega con otras embarcaciones puesto que, según sus padres, el viejo ya no tiene suerte; lleva ochenta y cuatro días sin volver a puerto con un botín. Una mañana, el viejo se lanza mar adentro y, tras una feroz lucha que abarca todo el segundo acto, consigue pescar una pieza enorme que amarra al barco y que solucionará todos sus problemas. Pero al volver a puerto, la sangre que vierten las heridas del pez atrae a los tiburones y éstos se precipitan sobre la embarcación para desgarrar las tripas del pez. El viejo luchará contra ellos con un arpón, un puñal, una porra e incluso con un remo hasta derrotarlos. Sin embargo, no atraca en el puerto con el pez, sino con su esqueleto, pues la carne ha sido devorada por los tiburones. Y aquí toma sentido la frase con la que abría este texto: “un hombre puede ser destruido, pero no derrotado”. El viejo se planta en el puerto sin un gramo de carne que vender, pero con la dignidad intacta, algo que no le da de comer, pero que le conduce a recuperar el respeto perdido como pescador y también como hombre.


La fuerza de este relato no sólo reside en su prosa áspera y contundente sino también en su carga simbólica: el viejo representa la sabiduría y la experiencia, pero también la derrota del tiempo, la pérdida de lo corpóreo, de la carne. Su lucha individual contra el gran pez es la pelea de todo hombre contra sí mismo, contra su orgullo, contra sus miedos; es una forma de cumplir el objetivo que uno se marca en la vida, que no es más que la ilusión de tener un objetivo, algo que hacer antes de enfrentarse a la guadaña. Por otro lado, el retrato del viejo es también el del propio Hemingway; la espina del gran pez con la que regresa como si fuera un trofeo es como el reconocimiento a su carrera, a sus años de trabajo, pues Hemingway regresa a la literatura con esta gran obra que le servirá para que se reconozca su trabajo al recibir el Pulitzer y posteriormente del Nobel.


La historia del viejo, de Santiago, el pescador, está inspirada en la de Gregorio Fuentes (en la foto), un personaje real, un lanzaroteño que emigró a Cuba y que sería el primer oficial de la embarcación que el escritor americano tuvo en propiedad durante su estancia en la isla. Pues bien, curiosidades de la vida, cuando releía París no se acaba nunca, motor de mi historia con El viejo y el mar, me encontraba yo descansando unos días en la maravillosa y muy inspiradora isla de Lanzarote, de donde emigró Gregorio Fuentes y a donde posteriormente regresaría para contemplar el ocaso de su larga vida. Una vez más, y ya son muchas, la literatura conectaba de manera simbólica mi experiencia personal en la realidad con mi experiencia lectora en la ficción. El personaje principal y voz narrativa de París no se acaba nunca, actúa como una suerte de alter ego de Hemingway y recorre su vida, desde París era una fiesta hasta El viejo y el mar; desde París hasta Cuba, o quizá hasta Lanzarote; una isla mágica y llena de fuerza que cualquiera, excepto Houellebecq, puede sentir y que podría ser perfectamente la isla de Lost, serie que me había inducido, de alguna manera, a no leer a Hemingway. Sin embargo, y sin la pantalla de por medio, al final las piezas terminan encajando; Lanzarote era al fin y al cabo la isla del viejo, la isla del mar, la isla de Gregorio Fuertes, la isla de Lost, la isla en la que sucedió algo que me indujo a leer por fin a Hemingway; el principio y el final de todo.

El viejo y el mar. Planeta, 1984. [Traducción de Lino Novas Calvo].