sábado, 22 de junio de 2013

Grandes lecturas IX: El amante de Lady Chatterley, de D.H. Lawrence

Con sus pros y sus contras, El amante de Lady Chatterley es un clásico que ha envejecido ciertamente bien. Por un lado está la polémica que le acompañó durante mucho tiempo debido al contenido sexual de muchos de sus pasajes, por otro está su calidad literaria, que, sin permitirle alcanzar el estatus de obra maestra o imprescindible, le ofrece al lector un severo retrato de la naturaleza humana desde el punto de vista de los dos sexos y un visionario análisis de la incipiente sociedad industrial de la época, que además resulta de actualidad hoy en día tras el estrepitoso fracaso del sistema neoliberal:

Deberían aprender a ir desnudos y hermosos, a cantar todos juntos y a bailar las antiguas danzas en grupo, y a tallar los asientos donde se sientan, y a bordar sus propios emblemas. Entonces no habría necesidad de dinero. Y ése es el único medio de resolver el problema industrial: educar a la gente para que pueda vivir, y vivir en la hermosura, sin necesidad de gastar. (p. 369)

Pero existe además un tercer nivel de lectura donde el autor cuestiona la religión en cualquiera de sus vertientes eclesiásticas para hacer un canto y una alabanza a la vida mundana, a los caprichos del cuerpo, que son la verdadera vida que deben vivir los seres humanos, pues estos impulsos animales son los que nos enfrentan con nuestra verdadera naturaleza. Lo espiritual, sin embargo, se alcanza de manera artificial; es un montaje de quienes manejan y gestionan la sociedad. Para establecer estas líneas de pensamiento el autor se sirve de los personajes masculinos, que parecen actuar como símbolos de una representación alegórica, y de cómo éstos se comportan respecto al personaje femenino, Lady Chatterley. Por un lado está Sir Clifford, un rico aristócrata que está impedido y que vive anclado a una silla de ruedas. Él representa lo racional, el pragmatismo y el modo de vida impuesto. El hecho de que sea un inválido no es una cuestión baladí, pues su  mujer está llena de vida y desea salir de la finca donde viven a fin de exprimir su vitalidad, lo cual genera un conflicto. Luego está el guardabosques, Oliver Mellors, que se convierte a la postre en el verdadero amante de Lady Chatterley y que representa lo salvaje, la pasión del cuerpo y la renuncia a todo lo material. De su boca salen alabanzas a lo pagano y críticas al sistema capitalista y a la iglesia. Mellors es lo que hoy en día llamaríamos un antisitema, pero no es un bolchevique de la época, sino un naturista que termina por enamorarse de una bella aristócrata.

El libro se publicó por primera vez en Italia en 1928 y, como se esperaba, generó una gran polémica. Estuvo prohibido en Inglaterra y Estados Unidos hasta que en 1959, más de treinta años después de su publicación, un tribunal norteamericano anuló la acusación de obscenidad que recaía sobre él. El amante de Lady Chatterley nos cuenta la historia de Sir Clifford y su esposa, un matrimonio burgués ejemplar que goza de fama en la región y que sirve de ejemplo para los seguidores de las buenas costumbres. A pesar de poseer dinero suficiente para tener a su alcance todas las comodidades y placeres deseables, la mujer, Constanza Chatterley, comienza a sentir un vacío en su interior que no es otra cosa que la falta de vitalidad que le produce la vida en el campo y también el hastío que le genera el inválido de su marido, intelectual y ambicioso que sólo piensa en el éxito. Aunque no será su único amante, el encuentro de Lady Chatterley con el guardabosque de la finca, llevará a Connie a cuestionar el único modo de vida que hasta entonces había conocido, llegando a la conclusión de que todo era un engaño.

D. H. Lawrence utiliza en su obra más conocida un estilo poético cargado de figuras literarias que además posee un intenso ritmo narrativo. No obstante, comente algunos errores que yo tildaría de infantiles, especialmente en los diálogos, tan artificiales como un símil que no viene a cuento. En ocasiones, los personajes abren el diálogo diciendo “Hola” y lo terminan con un “adiós”. La historia, que nos cuenta muchas cosas, avanza rápidamente debido a las elipsis. Sin embargo, éstas no son todo lo claras que deberán para marcar el salto temporal. En cualquier caso la lectura resulta intensa, entretenida y genera cierta empatía, por lo que el lector puede encontrarse por momentos tan cerca de la naturaleza femenina como de la masculina, tan cerca del ardor Lady Chatterley como del marchito espíritu de su marido.


El amante de Lady Chatterley, de D.H. Lawrence. Alianza Editorial, 1980. Traducido por Francisco Torres Oliver. 

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