martes, 16 de abril de 2013

Magma, de Lars Iyer; mesianismo Vs. apocalipsis



Tengo un amigo escritor con el que charlo a menudo sobre literatura y cine y filosofía. Mi amigo me comentó lo siguiente tras leer Magma: “de ese libro todo el mundo se queda con el discurso literario, con las frases sobre escritores, etc. Y están muy bien, pero a mí lo que más me interesó es el modo en que el narrador se ve afectado por las humedades brutales de su casa. Porque, aunque no tan a lo bestia como en el libro, yo lo he vivido y aún lo vivo.” Mi amigo es un intelectual puro, uno de esos que se dedican en cuerpo y alma a la cultura. Yo no me considero un intelectual puro, ni siquiera un intelectual, pero nuestras charlas, salvando las distancias, me recuerdan a las que mantienen los protagonistas de esta novela, Lars y W., dos escritores, dos "intelectuales", mientras viajan por Europa. Aunque, en realidad, sus charlas no son tal, no son un intercambio de opiniones, sino monólogos en los que W. reflexiona por y sobre los dos, ya que Lars es más bien el narrador observador y, como dice W., no tiene ideas propias. Pues bien, Lars y W. tienen las mismas preocupaciones que mi amigo y yo, las preocupaciones de un escritor que vive en escritor hasta cuando tiene que vivir de otras cosas para subsistir. Y esas preocupaciones implican la sensación de extrañeza, de rareza, que siente el escritor respecto a los demás seres vivos. Un escritor siente la soledad, la incomunicación (“Él es básicamente agorafóbico. Solamente es feliz de verdad cuando se refugia en su habitación, trabajando.” P.43); un escritor siente, en algún momento de su vida, el éxito como algo relativo y absurdo (“Pero W. me recuerda lo que ambos sabemos: que cualquier éxito que hayamos tenido ha sido precisamente bajo la premisa de ese absurdo” p. 153 ); un escritor siente el fracaso como una sombra que acecha (“«¿Cuándo lo supiste? », dice W., «¿cuándo supiste que nunca llegarías a nada»” p. 58); un escritor siente la incapacidad, la negación de la palabra, la sumisión a la escritura del No (“Un bache quinquenal, ¿no es así cómo lo llamo, durante el cual no escribió nada? «Pero Deleuze trabajaba», dice W., «y tú no trabajas nada, ¿verdad? ¿Qué te ocurrió? ¿Cómo has llegado a esto? ¿Por qué ya no lees? ¿Por qué no escribes? »” p. 44); un escritor siente la enfermedad que provoca la soledad, la hipocondria, una sensación que, paradójicamente, sirve para notarse más vivo, o al menos para apreciar más la vida, cosa que justifica el nihilismo de fondo que hay en la obra; la confirmación de la contingencia de los intelectuales en el mundo de hoy (“El cuerpo de W. ha sido recorrido por bastante enfermedades. Resfriados, naturalmente. Multitud de gripes. Neumonía, una vez. Gastroenteritis, dos veces. Somos débiles, dice, somos alfeñiques de la camada. Algo ha llegado a su fin con nosotros. Somos el final de la serie de algún modo significativo.” p. 43).

Y en esa línea en la que se construye la narración por medio de frases que son pensamientos dispersos, los personajes van perfilando el leit-motiv de la novela, el motivo de existencia, que no es otra cosa que una búsqueda científica de la verdad, el motivo de eso que llamamos vida, de la cara más íntima de la realidad (“W. está, como siempre, leyendo acerca de Dios. Dios y las matemáticas, eso es todo lo que le interesa. De alguna manera todo tiene que ver con Dios, en quien W. no es capaz de creer, y con las matemáticas, que W. no es capaz de hacer.” P. 74). En otras palabras, el propósito de los dos personajes es encontrar a Dios a través de la matemática, de los libros, del Talmud. La matemática como forma de atrapar el universo, de cuantificarlo, conduce sin embargo a una lógica de opuestos imposible de solucionar; al absurdo. Algo que irremediablemente nos lleva a la fe, pues no somos capaces de solucionar la dualidad de las cosas: mesianismo o apocalipsis, bien o mal, blanco o negro (“Se debe a la fe que le otorga, dice W. Es a causa de lo que la bebida revela: la noche entera, el apocalipsis, pero también la paciencia para atravesar el apocalipsis, para soñar con el siglo veintidós, o con el veintitrés, cuando puede que las cosas mejores otra vez.” p. 107). 

Pero volvamos a mi amigo el escritor que, como el narrador de Magma, padece humedades en casa, o como diría mi amigo: “tiene  la casa enferma”. La humedad aparece como agente atmosférico, como materia que se transforma, en resumen; como metáfora del vacío, de la solución a todas y cada una de las preguntas que sólo encuentran respuesta en la fe. (“Nadie entiende la humedad. Ésta es talmúdica. La humedad es el enigma que reside en el corazón de todas las cosas. Atrapa la luz de toda explicación, de toda esperanza. La humedad dice: existo, y eso es todo. Soy la que soy, así la humedad. Te sobreviviré y sobreviviré a todas las cosas, así la humedad.” p. 118). Por lo tanto, por mucho que nos empeñemos, por mucho que leamos para adquirir conocimientos, nuestra mente continuará siendo limitada; no resignarse a ello conduce a la locura, al fin, al momento en que lo apocalíptico se impone a lo mesiánico. (“En cierto modo estamos predestinados. Damos vueltas en círculos alrededor de lo que probablemente no podamos entender.” p 159). Como decía antes, mi amigo el escritor y yo no sentimos muy identificados con estos personajes que desde la inquietud cultural alcanzan la preocupación filosófica, el existencialismo, porque mi amigo y yo, al igual que Lars y W., comenzamos hablando de literatura para seguir hablando de la vida sin perder el humor, sin dejar de parodiarnos. Y eso es lo que hace Lars Iyer en Magma; parodiar la estupidez a la que puede llevar la erudición. La diferencia entre nosotros y los personajes de Iyer es que mi amigo no es mi conciencia, hecho que nos lleva, a mi amigo y a mí, a sabernos reales, de carne y hueso.

La única crítica que se me ocurre es referente al alcance de la obra, porque me parece que no es apta para un público generalista, ni siquiera generalista dentro del público que lee literatura; es más bien para escritores, o para pensadores, o para escritores que son pensadores o incluso para seres que piensan -que no son muchos-; es para gente con miedo a las humedades, a la mutación, al paso del tiempo, al cambio del estado de las cosas. Pero esto ya lo sabía José Luis Amores, el editor de Pálido Fuego, antes de publicarla. Por eso me gustaría enfatizar su valentía a la hora de acercar al mercado español una obra atrevida y fresca sobre gente que juega a ser Kafka y termina siendo Brod. (“Podemos reconocer el genio en otros, pero nosotros no lo poseemos.” p. 62)

Magma, de Lars Iyer. Pálido Fuego, 2013. [Traducción de José Luis Amores] 

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