martes, 30 de abril de 2013

Intemperie, de Jesús Carrasco



En una de las solapas de este libro se cita a Delibes y a McCarthy, autores cuya riqueza y fuerza, según Elena Ramírez, de Seix Barral, es equiparable a la de Jesús Carrasco. Sin embargo, durante la lectura de las primeras páginas, uno se pregunta dónde está la fuerza de McCarthy, porque la riqueza rural de Delibes, como veremos más adelante, es una constante. No obstante, la novela de Carrasco tampoco llega a aburrir, simplemente avanza como una lancha sin motor, lenta y discreta, sin ambición aparente, pasando fugazmente por la retina, pero construyéndose frase a frase, metáfora a metáfora (y es que hay momentos con sobreabundancia de metáforas), palabra a palabra. Aunque esto de las palabras es otra historia, pues en el libro, como dijo el lector mal-herido, el elemento más pop que podemos encontrar es un botijo, hecho que desconcierta al lector poco habituado a leer a Faulkner o a Delibes o a Rulfo; el lenguaje es tan rural que los jóvenes urbanitas necesitamos usar el diccionario de la RAE para leer un libro como éste: Fue sacando los enseres de las aguaderas y los fue dejando junto al viejo. Cuando terminó, desmontó los serones y fue metiendo de nuevo las pertenencias del pastor dentro de ellos. El viejo le pidió la albarda para usarla como respaldo (...) Buscó en los serones una trenza de albardín que había sobrado del redil y la ató a la retranca. Luego fijó el otro extremo a una piedra caída del castillo y tiró del ronzal. El animal se movió, y la albarda se deslizó por sus cachas hasta caer al suelo. (p. 80).

Intemperie es la historia de un niño que huye de su pueblo, de su familia, de su pasado, en una época en la que se vive una terrible sequía y el agua es el elemento más codiciado. Al niño, que huye de un pueblo sin nombre en una época sin fecha, lo persigue el alguacil de su pueblo. El niño es consciente de que el alguacil es su final; si consigue dar con él lo matará. Por eso se esconde en un agujero excavado en la tierra e incluso convive con las lombrices hasta que está plenamente seguro de que el peligro se ha esfumado. Después retoma su camino y se topa con un pastor de cabras junto al que pretende emprender una huida hacia el norte. Sin embargo, el alguacil y sus secuaces no se rendirán tan fácilmente. Y es precisamente en este punto, cuando aparece el alguacil con su moto y sus sicarios macarras, cuando la historia, como si fuera una pinza en un guion cinematográfico, da un vuelco radical y se convierte en un relato intenso, intrigante y apasionante, un relato que se quedó dando vueltas en mi cabeza durante dos días. Desconozco  si este cambio de ritmo está tan estudiado como parece, si busca realmente generar el efecto que genera, pero si es así, me quito el sombrero ante Jesús Carrasco. Y si no es así, también me lo quito, pues el pacense escribe como los ángeles para ser un debutante. 

Pero la magia de esta novela, y también su éxito de crítica y ventas, reside, desde mi punto de vista, en el material escogido para construirla; elementos tan sencillos como tres personajes arquetípicos (un niño, un cabrero y el alguacil), tres animales (unas cabras, un perro y un burro) y un entorno infernal -que podría ser cualquier desierto del mundo occidental-. Elementos que nos enfrentan ante la verdad del ser humano, ante la profundidad de su naturaleza y su relación con el medio ambiente. Si uno lo piensa bien, llega rápidamente a la conclusión de que todo superventas -Intemperie ya lo es- está construido con elementos muy sencillos que, bien manipulados, interactúan los unos con los otros en todas sus posibles variantes hasta crear una atmósfera envolvente que no es otra cosa que el propio libro, hecho que no le permite al lector tomar oxígeno. La diferencia entre la Intemperie de Carrasco y la mayoría de superventas es que estos últimos suelen ser panfletos baratos, sin apenas calidad literaria, y el primero es pura literatura, un libro que se ha construido a sí mismo dentro de sus propios límites.

Intemperie, de Jesús Carrasco. Seix Barral, 2013.