domingo, 7 de abril de 2013

El diablo a todas horas, de Donald Ray Pollock



Ha pasado una semana desde que terminé de leer este libro y aún resuenan en mi cabeza los ecos de su música. El diablo a todas horas es una obra difícil de olvidar; si no te entusiasma te escandaliza, pero no te deja indiferente. Su autor, Donald Ray Pollock, irrumpió en España el año pasado de la mano de Libros del Silencio con Knockemstiffun libro de relatos, y fue rápidamente aupado por crítica y lectores a un escalón privilegiado para un debutante. La unanimidad, en este caso, parece más que justificada; El diablo a todas horas es una obra soberbia, excepcionalmente armada gracias a una estructura dividida en capítulos que abordan las andanzas de unos personajes que se van cruzando a lo largo de la novela.

La historia, ambientada en el sur de los Estados Unidos, entre Ohio y las Virginias, principalmente, se inicia con el personaje de William Russell, un veterano de guerra que, tras enamorarse, casarse y tener un hijo llamado Arvin, dedica sus días a rezar por su mujer, enferma de cáncer, en un macabro ritual que pretende salvarla; Russell instala un tronco de madera en un claro del bosque, a modo de altar, desde donde reza con fruición al tiempo que sacrifica animales que terminan pudriéndose y cubriendo la zona de muerte y mal olor. En sus oscuros rituales le acompaña su hijo, Arvin, que desde bien pequeño aprenderá a defenderse de forma violenta del entorno hostil que le rodea. Una vez que la mujer fallece y Russell se suicida, Arvin -ese gran personaje- pasará a vivir con su abuela y con la hija abandonada de un predicador loco que, junto a una pareja de asesinos en serie, el sheriff del condado, otro predicador pervertido y algún que otro excéntrico personaje más, compondrán esta historia sobre la simiente del mal, sobre una religión invertida que adora a un dios que se comporta como un diablo, sobre la estrechez de miras que provocan las religiones, sobre el control de la voluntad que busca el catolicismo, sobre el salvajismo de la especie humana, sobre la muerte.

Pero lo mejor de la novela es la capacidad narrativa del autor, que se canaliza en el ritmo; ágil, personal y adictivo que, junto a la potente voz, obliga al lector a ser cómplice y partícipe de las atrocidades que el ser humano es capaz de llevar a cabo en esta novela. Por otro lado, el hecho de que las historias se crucen las unas con las otras, genera una tensión que va aumentando conforme el libro avanza y que provoca que el lector se encuentre más cercano a los personajes, a su historia y a su psicología. El diablo a todas horas es una novela que por momentos parece una película; el guión de una película. Y es que la claridad descriptiva provoca la formación de imágenes en la mente del lector. Contribuye a ello, sin duda, la excelente traducción de Javier Calvo, gran conocedor de la literatura norteamericana. Digo esto porque Pollock tiene, inevitablemente, esa marca de nacimiento que llevan los autores sureños. Y nos recuerda por momentos a McCarthy, pero también a O’Connor, a Faulkner o a Thompson. Sin embargo, Pollock es Pollock, es él, y conforme pasen los años su potente voz se hará más y más personal; imprescindible, inigualable.

Siempre intentaba aquella mirada con los guapos, y aunque no podía culparla por querer que la cosa durara un poco más, aquello era más que una puta fiesta. En su opinión, era la única religión verdadera, lo que llevaba toda la vida buscando. 


El diablo a todas horasde Donald Ray Pollock. Libros del Silencio, 2012 [Traducción de Javier Calvo]