sábado, 13 de abril de 2013

Crónicas nórdicas y II (Tallin, Estonia)



Aun a sabiendas de que la ciudad de Tallin es una capital monumental, con sus murallas y sus tejados rojos y sus iglesias ortodoxas y luteranas, uno espera que exista en sus calles algún rastro comunista, algún bloque gris de edificios, alguna plaza cuadriculada y racionalista de grandes dimensiones que recuerde el pasado soviético de la ciudad. Sin embargo, lo que el viajero encuentra es una ciudad-decorado, tipo Brujas, por donde pasean los turistas-figurantes como si sus movimientos estuvieran orquestados por un guion. La ciudad vieja, con su bien conservado trazado gótico, te obliga a perderte entre sus casas nórdicas de tres pisos, sus iglesias y sus palacios. Lo más conocido, y quizá también lo más destacable de la ciudad, es la Plaza del Ayuntamiento; la típica plaza nórdica. La diferencia con las otras plazas europeas estriba en que, en este caso, el edifico del Ayuntamiento actúa como foco de atención dentro de la perspectiva de la plaza. En ella hay muchos cafés, bares y restaurantes. Además, en una de sus esquinas se encuentra la farmacia más vieja de Europa, que aún hoy sigue abierta.


Pasear por el casco antiguo de Tallin en un viaje sin rumbo es tal vez lo más indicado para empaparse de la ciudad. Ésta está dividida en dos partes; la ciudad baja, con la plaza del Ayuntamiento como epicentro, y la ciudad alta (sobre la colina de Toompea), donde se ubican las dos catedrales y el parlamento. A esta parte se accede por dos calles empedradas, la pierna corta y la pierna larga, que son de lo más atractivo de Tallin. Desde el famoso mirador se puede contemplar esta capital de tejados rojos y piedras ancestrales. Y también cómo cae la lluvia o la nieve, estados más habituales en Tallin. Conviene saber, para no llevarse sorpresas –y es que estos nórdicos son bastante rudos a la hora de pedir algo por favor-, que en los templos ortodoxos los varones han de descubrirse en caso de llevar gorro o sombrero. 


Cuando uno profundiza en una ciudad e intenta ir un poco más allá de lo que se le presupone a un turista, puede vivir experiencias bizarras. Para mí, el monumento más impresionante de Tallin es la casi desconocida iglesia ucraniana. Suele aparecer en las guías, y tal, pero no es tan fácil de encontrar, pues se encuentra escondida en el patio de una antigua casona señorial. La cosa fue así: mientras paseábamos por una de las calles que conducen a la plaza del Ayuntamiento, observamos a un grupo de turistas alemanes, jóvenes y con estética heavy, llamando a un timbre y preguntando si se admitían visitas turísticas. Al momento el gran portón se abrió y tras él apareció un pope ruso, con su cabeza rapada y su barba blanca bien larga. Nos introdujo a todos dentro y nos enseñó la maravillosa iglesia, que parece un templo clandestino, como una logia masónica oriental. El templo es pequeño y está todo construido en madera, incluyendo el iconostasio, con una decoración preciosa. Lo más gracioso de la visita fue que el pope sólo hablaba ruso, ni pizca de inglés. A pesar de ello, comenzó su discurso en el que, intuyo, nos hizo un resumen de las características de la iglesia que, obviamente, nadie comprendió. Ante las caras de sorpresa que se formaron frente a sí lanzó una pregunta a la audiencia, una pregunta que sí puede entender, dijo algo así como "¿Rossiya, Ukraínskiï?" Y luego hizo un gesto de duda con la cabeza. Le dije que no, que no hablábamos ni papa de ruso ni de ucraniano. No obstante, el pope siguió su discurso hasta que abandonamos la iglesia.


Tallin, y esto es muy curioso, es algo así como Portugal era para mí en los años ochenta, cuando mi madre nos llevaba a mi hermano y a mí a Mirando do Douro, a cincuenta kilómetros de nuestra ciudad natal, para comprar ropa, menaje de hogar y, por supuesto, toallas. Lo digo porque Tallin está llena de rusos y fineses que acuden en ferri con el único propósito de abastecerse de alcohol y tabaco, pues Estonia es un país de reciente creación que entró en el Euro en 2011, y los precios de estos productos son realmente baratos, irrisorios para un finés. Esto provoca que la ciudad tenga un ambiente mucho más cosmopolita que el que uno espera a priori, hecho nos regaló la estampa más rusa -más soviética, mejor dicho- de todas las que pudimos contemplar en nuestra jornada por tierras estonias: cuando salimos de la ciudad vieja, camino del puerto donde debíamos tomar el ferri de vuelta a Helsinki, un grupo de rusos borrachos caminaba haciendo eses hacia el barco. La nieve caía con fuerza y el viento provocaba una sensación de ventisca polar que, acompañada por el cielo más grisáceo y plomizo que he visto en mi vida, me retrotrajo a los años ochenta, al pasado de Estonia, al pasado de Europa, a la Guerra Fría, que, me da la impresión, se llamó fría en homenaje al clima de las repúblicas soviéticas; un tiempo realmente insoportable.