martes, 2 de abril de 2013

Crónicas nórdicas I (Helsinki)




Me encanta Finlandia en invierno. Es una estampa sublime, una contemplación mística, una experiencia maravillosa. Es el país ideal para huir de un mundo que se olvidó de los acuerdos alcanzados tras la Segunda Guerra Mundial y de la socialdemocracia, sistema que ya sólo se estila en los países escandinavos, especialmente es éste. Finlandia es un lugar distinto que te transporta a una latitud cercana a la del Círculo Polar Ártico y que actúa como una especie de cuarta dimensión nunca antes experimentada. Ejemplo de democracia, integración y buen gusto, como queda patente en su arquitectura civil, Finlandia es, en resumen, la hostia. Pero para estar cinco días, eso sí. El frío es terrible. Hace un frío del copón bendito en Finlandia. Debo apuntar, por cierto, que aunque hablo de Finlandia en general, como si conociera el país de cabo a rabo, he pasado apenas cuatro días en Helsinki, su capital. No sé si la he conocido a fondo, puesto que esta ciudad es como una luciérnaga que se te escapa de las manos cuando la intentas atrapar, pero al menos lo he intentado, sobreviviendo al hielo y también al precio de la cerveza y a la nieve de la isla de Suomelinna, un bastión cubierto por un manto blanco de más de un metro de espesor en proceso de deshielo que reflejaba la luz del sol de una incipiente primavera que parecía darnos la bienvenida. 




Antes de ir a Helsinki uno consulta la predicción del tiempo y ve que habrá entre 0ºC y -4ºC con sensación térmica de hasta -12ºC y piensa que allí no existe la vida en la calle, que la gente se comunica por pasadizos subterráneos y bebe vodka bajo techo. Pero la realidad es bien distinta, Helsinki es una ciudad viva, enérgica, una capital europea con sus buenos garitos y clubes y afters y salas de conciertos. Y por la mañana hay gente que pasea y coches con neumáticos de clavos por la calles heladas y niños pequeños jugando en el parque cubierto de nieve con sus buzos de esquí y señoras mayores que evitan los patinazos con bastones de travesía de montaña y muchas otras cosas hay que ver en Helsinki si el viajero observa cómo se adapta esa gente de pelo transparente y ojos clarísimos a una vida normal cuando la nieve cubre todos y cada uno de los rincones de la ciudad.



¿Que qué hacía yo en Helsinki un Miércoles Santo? Es buena pregunta, pues no suelo salir en época vacacional a menos que el viaje sea obligado por algún asunto profesional o familiar, pero los regates de la vida a veces te llevan a improvisar cosas que una semana antes no se te habían pasado por la cabeza. Y así aparecí en Helsinki, bien pertrechado contra el frío, bien acompañado y con la intención de visitar también Tallin, capital de Estonia. Lo primero que me llamó la atención fue el buen funcionamiento del tranvía, que pasaba cada pocos minutos a aquella hora de la tarde. Observando el paisaje como si fuera un travelling de una película de Steve McQueen (y me refiero al director de Shame, no al actor), llegamos al hostel. Barato, bien situado. Helsinki es una ciudad cara, sobre todo si te gusta tomar una cerveza por la noche, así que pusimos el modo mochileros y de este modo pudimos tomar más cerveza de la presupuestada. Y es que la cerveza calienta más que el terrible café de puchero que sirven en la mayor parte de locales de Helsinki, tal vez una de las peores cosas de este excelente país.



A destacar: Las calles comerciales del centro. Los mercados cubiertos. La estación de ferrocarril, con una robusta torre. Suomelinna. El monumento a Sibelius. La arquitectura civil, con predominio del Art Decó, y la religiosa, con predominio del Neogótico. Los diseños de Alvar Aalto, en especial la Casa del Finlandia. La iglesia de Temppeliaukio, escavada en una roca. Las dos catedrales, la luterana y la ortodoxa. Y los parques, hay infinidad de ellos, y en invierno la gente va a esquiar e incluso cruza los lagos y el mar a pie, lo que de alguna manera le concede al hielo un estado elevado que se representa simbólicamente al  permitir que los hombres caminen sobre las aguas. Y es que el hielo lo es todo en Helsinki durante seis meses al año. Hay hielo por todas partes. Nieve y hielo. Montones de nieve, arrastradas desde las calzadas por las máquinas, que han llevado a su población a formarse un carácter tranquilo, pacífico y reflexivo al que contribuye el que probablemente es el mejor sistema educativo del mundo. Un profesor en Finlandia no es alguien que ha estudiado una carrera y luego ha aprobado una oposición, sino uno de los profesionales más respetados de la sociedad finesa, alguien que tiene la misma responsabilidad que un médico o un juez, alguien muy bien formado y preparado, alguien a quien respetar. Todo lo contrario que en nuestro país, donde cada gobierno juega con la educación como si fuera parte del circo de mentiras con el que suelen manipular a la población. Sin embargo, como dije al principio, Helsinki es una ciudad maravillosa para visitar al inicio de la primavera, pero supongo que para alguien que ha nacido en un país Mediterráneo pasar el invierno en Helsinki tiene que ser deprimente, como así me lo han hecho saber las tres personas que conozco que han vivido un invierno finés. No obstante, para nosotros, que fuimos huyendo de algo, algo que no se puede contar pero de lo que había que huir, ha sido nuestro salvavidas tras el naufragio en un mar helado.

 


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