sábado, 9 de marzo de 2013

Drive, una estética; breves apuntes técnicos




No es Drive una novedad que esté en cartelera, ni mucho menos, pero no pude verla en pantalla grande y ahora, a toro pasado, tras visionarla en casa –en HD, eso sí- me apetecía verter en el blog, que para eso lo tengo, algunas opiniones al respecto. 




La importancia de esta cinta reside, sobre todo, aunque no únicamente, en su estética; en lo visual, en la forma, en el envoltorio, si quieres. La historia, que es sencilla, a pesar de encuadrarse en un género como el thriller, gira en torno a la silenciosa figura del protagonista (interpretado por Ryan Gosling); un piloto anónimo (de hecho, ni siquiera sabemos su nombre) que trabaja como mecánico, especialista de cine y también como conductor de delincuentes, que le contratan para sus huídas, ya que, como demuestra en las dos magistrales, grandiosas, tanto para los amantes del cine como para los amantes del motor, secuencias de persecución motorizada, es un piloto muy bien dotado, talentoso, frío, perfecto.  Para contar su historia, el director, Nicolas Winding Refn, parece beber de las fuentes del noir, sin embargo, aun estando lleno de referencias muy conocidas –Lynch, Tarantino, Bresson, Melville-, no podemos decir que su cine se parezca al de otros, pues es extremadamente personal, propio. El mutismo del personaje, su aislamiento y soledad, están perfectamente narrados con un tempo lento a base de silencios que sólo se rompen cuando el personaje cede al sentimentalismo y se convierte en un ser vulnerable.




El comienzo de la película ya anticipa el patrón lumínico que el director y el director de fotografía van a seguir a lo largo de la cinta. Y no sólo eso, anticipa también la estética de dorados y naranjas en la que se envuelve la historia. Pero además, existe otro factor que aumenta el placer visual; no es otro que la profundidad de campo, una constante a lo largo de toda la película; un truco de magia que provoca que hasta los planos cerrados de interiores, como los que se ruedan dentro del coche, amplíen las miras del espectador, que siempre puede “ver más allá” (obsérvese en la foto de arriba la distancia a la que aparece el copiloto). Es preciso recalcar que el uso de esta profundidad no es para nada gratuito, sino que obedece a un plan muy bien estudiado; la ausencia de luces de apoyo, y de ruido lumínico genera, junto con la profundidad de la que hablamos, un efecto óptico constante que se convierte en una marca de artista que le otorga a la cinta la categoría sino de obra de culto, al menos de obra especial, distinta; puro goce sensorial. 




Pero estas virguerías técnicas no son una floritura aislada, sino que forman parte de una planificación visual casi pictórica que acerca a Refn a los maestros de la forma y que me recuerda, no puedo evitarlo, al gran David Lynch. Esta planificación que digo busca sin duda encontrar la atmósfera adecuada para contar una historia en la que se mezcla el mundo del hampa con las persecuciones de coches y con una peculiar historia de amor que desencadenará todo el conflicto. Drive es un drama sin drama, un llanto sin lágrimas que se apoya en un abanico de recursos técnicos donde abundan las transiciones simbolistas, los desenfoques, y los efectos sonoros –mención especial para el off de sonido de la primera persecución-, que, enlazados con la excepcional música neochentera, hacen de Drive una película de referencia estética dentro del cine americano contemporáneo. En conclusión, con sus aciertos en la forma y sus equívocos en el fondo, el riesgo que ha asumido Refn es digno de mención y merece, sea en este humilde blog o en la barra de un bar, ser reseñado.