domingo, 3 de febrero de 2013

Parque Nacional de Cabañeros: una crónica salvaje


Dicen los lugareños que si no fuera por la caza, el parque no se conservaría virgen. En mi opinión, esto no es del todo cierto: la pureza del parque no se debe tanto a la caza como a las circunstancias históricas en las que la caza se engloba como un elemento más. Repasemos: Cabañeros, antes de ser declarado Parque Nacional en 1995, era la mayor finca privada de toda Europa; un reducto para señoritos con escopeta donde paraban los Albertos o los Borbones, entre otros. A mediados de los ochenta, el Ministerio de Defensa plantea instalar en estos terrenos un campo de tiro, decisión que levanta una gran polvareda en la opinión pública y que finalmente desemboca en la declaración de parque nacional. El hecho de que las tres cuartas partes de Cabañeros hayan sido históricamente privadas, ha permitido, a la larga, el mantenimiento del bosque mediterráneo en su estado primigenio; apenas hay especies foráneas y tan solo se han extinguido los lobos y los osos. Sea como fuere, la polémica sigue viva y la gente de la zona defiende su medio de vida, la caza, a toda costa.


Cabañeros se emplaza en las estribaciones de los Montes de Toledo, en el entorno de la sierra de Chorito, y constituye un valioso ejemplo de ecosistema mediterráneo. Está dividido en dos zonas bien diferenciadas: el monte y la raña, y se le conoce popularmente con el nombre de "Serengueti español". Y la verdad, cuando uno se adentra con el todoterreno en la raña de Santiago al amanecer y contempla de cerca a los ciervos, que berrean en un escorzo imposible que se recorta en el paisaje nebuloso, piensa que realmente está en la sabana. Las incursiones en el parque han de hacerse bajo reserva y tras el pago de veinte euros. La visita parte de Horcajo de los Montes y dura tres horas. Pienso que merece la pena; resulta una de las experiencias ecológicas más emocionantes que he vivido y estoy seguro de que en pocos sitios de la Península se puede sentir uno tan integrado en la naturaleza como allí; vadeando riachuelos y arroyos entre ciervos, jabalís, corzos, jinetas, buitres negros y águilas imperiales. Una experiencia única que ni el frío ni la sombra de los cazadores puede empañar. 


El parque, como ya he dicho, es un coto cerrado con algunas zonas de libre acceso. Entre ellas destacan algunas rutas senderistas localizadas al norte del parque, como la de El boquerón de Estena, que corre paralela al río homónimo y que representa el vestigio de un tiempo pretérito en el que en la Península habitaban los trilobites. Otra de las cosas que el viajero puede hacer libremente, sin necesidad de permisos ni guías, es cruzar el parque en coche por la única carretera que lo permite, la CM-4017, que nos lleva desde Retuerta del Bullaque hasta Horcajo de los Montes, la población más grande de las que circundan el parque; un pueblo con casi el mismo número de plazas hoteleras que de habitantes. Fue en Horcajo donde nos alojamos. Se trataba de una cabaña de madera dentro de un camping que descansa, dispuesto en bancales, sobre una loma desde donde se pueden contemplar tanto los Montes de Toledo como la Sierra de Guadalupe. Un sitio desde el que dominar tres provincias, un cerro que empequeñece al viajero, que lo subyuga y lo despoja de todo ego hasta convertirlo en parte integrante de lo salvaje, de lo natural; hasta hacerlo feliz.