domingo, 10 de febrero de 2013

Omisión de socorro



Busco aparcamiento por la parte baja del Paseo de Extremadura. El tráfico a esas horas de la mañana es delirante, una masa de metal empaquetada en la ciudad cuyo pesado movimiento se rige por los acordes de la banda sonora que interpretan los cláxones de los coches. En una de mis incursiones por las calles más estrechas del barrio, me veo obligado a detener el vehículo; un Renault Megane descapotable cuya chapa brilla bajo el sol ha frenado bruscamente delante de mí. Frente a él hay un paso de cebra, pero no veo a nadie atravesarlo y no adivino el porqué del frenazo. Tras una extraña maniobra que implica una subida por la acera, el Megane abandona la escena dejándome campo libre para entender la situación: dos yonquis yacen en el suelo, uno de ellos sangra abundantemente por la cabeza y la nariz; da la impresión de que ha sido atropellado. Me apeo del coche y acudo en su auxilio. Tanto el herido como su compinche apestan a alcohol y denotan falta de higiene. Cuando consigo incorporar a la víctima, ya se ha formado una gran cola de coches que aguardan a que mueva mi Ford. El yonqui sobrio -el más sobrio, quiero decir- me pide que llame al 112. Sin embargo, me monto en el coche, arranco y cruzo el paso de cebra, ya libre, hasta avanzar unos metros y detenerme de nuevo en una zona más amplia donde aparcar en doble fila sin interrumpir el tráfico. Desde allí llamo al 112 mientras observo cómo los coches que aguardaban tras el mío pasan de largo desentendiéndose de la situación del mismo modo que lo hizo el Megane. Me pregunto entonces si ser un buen ciudadano y no omitir el auxilio por comodidad o miedo o egoísmo significa ser un profundo idiota, o al menos un bicho raro. Sea como fuere, tras colgar el teléfono, no espero a la ambulancia; arranco mi coche y continúo mi vida con la crucial misión de buscar aparcamiento.

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