El páramo es una inmensidad desolada, y el día que en el cielo hay nubes,
la tierra parece el cielo, y el cielo la tierra, tan desamueblado e inhóspito es.
Miguel Delibes (Viejas historias de Castilla la Vieja)
Al
llegar a la localidad zamorana de Toro, tierra de vino negro de cepas viejas,
giramos a mano izquierda y tomamos una carretera comarcal que conduce a Medina
de Rioseco. A la altura de Tiedra (que cuenta con un Castillo del que sólo
queda una torre) se forma la estribación de los montes de Torozo y el paisaje
dibuja una imaginaria frontera que separa el valle del Pisuerga de los Campos
de Castilla. Pocos kilómetros más adelante, y una vez hemos cruzado al otro
lado de la AP6, se encuentra, enclavado en la localidad homónima, la iglesia mozárabe de San Cebrián de Mazote;
uno de esos templos que se estudian en la asignatura de Historia del Arte que
se imparte en los institutos. La peculiaridad del templo reside en su imponente
tamaño. Se trata de una de las iglesias que los primeros repobladores construyeron
en tierra reconquistada y destaca por su variedad de estilos e influencias. El
interior, todo encalado, está formado por tres naves separadas por arcos de
herradura. La central está cubierta por una techumbre de madera, sin embargo,
las laterales presentan bóvedas gallonadas de aire cordobés. La pena es que las
visitas han quedado restringidas a los horarios de culto, generalmente una vez
al día en horario de tarde, y resulta difícil ver el interior, que es lo más
valioso.
San Cebrián de Mazote
Unos
kilómetros hacia el norte llegamos a Urueña, preciosa villa fortificada levantada
sobre una loma. Antes de subir al pueblo, se topa el viajero con una excelente
iglesia románica, muy pura, y con decoración lombarda, que se conoce como Santa
María de la Anunciada. Por desgracia, también suele estar cerrada. Una vez
arriba, conviene dejar el coche fuera del recinto amurallado y patear el
trazado medieval, formado mayormente por casas de adobe. Nada más adentrarse en
la villa, aparecen las primeras librerías. Y es que Urueña es la única Villa
del Libro que existe en España. Detengámonos pues en este aspecto:
Vista de Urueña desde el llano, con Santa María de la Anunciada en primer plano.
En
el año 2005, la Diputación de Valladolid elige a Urueña, por su enclave, su
cariz histórico y su localización cerca de la AP6, como lugar ideal para
implantar la Villa del Libro. El proyecto pretende convertir la villa en una
ciudad literaria y para ello financia la creación de nuevas librerías, tanto de
antiguo como especializadas, y la organización de eventos, presentaciones de
libros, ferias, cuentacuentos, etc. La idea es genial, qué duda cabe, y al principió funcionó, pero a día de hoy el pueblo, por desgracia,
sólo recibe visitantes durante el fin de semana y generalmente en la época estival. En invierno, en días de diario, está muerto; el viajero que acude entre semana tiene la impresión de estar
paseando por un pueblo fantasma, o lo que es peor: por un decorado de cine. Analicemos
pues la situación que contemplamos: miércoles por la mañana. 11.30 a.m. Vacaciones
de navidad. La villa está vacía, muerta; la mayor parte de las librerías
cerradas, así como los bares, museos y oficinas de turismo. Tras recorrer el perímetro
amurallado y contemplar las preciosas vistas (desde una de ellas se puede ver
la Sierra de la Culebra, sita a más de cien kilómetros de distancia), encontramos
en la plaza el único bar que permanece abierto. Muy cerca se encuentra la librería
Alcaraván, la única que se estableció antes de la creación del proyecto. En el
bar, donde hay algunos parroquianos, alguien nos cuenta que Urueña sólo tiene visitantes
los fines de semana, y a veces ni eso… Nos cuentan también que muchos libreros,
subvencionados, no trabajan lo suficiente y que abren sus negocios sólo cuando
les viene en gana y que apenas promocionan la villa. A consecuencia, el
proyecto ha ido perdiendo fuelle hasta pasar casi desapercibido para los turistas,
e incluso para la gente del libro. Entonces me quedo un instante pensando y, a
modo de flashes, aparecen en mi mente una decena de ideas que mejorarían la
salubridad del proyecto de la Villa del Libro. Pero son sólo eso, ideas… Siendo
realistas, la promoción del libro en este país resulta
harto difícil. Como ya he dicho arriba, el pueblo
cuenta también con varios museos, aunque destaca sobre todo el etnográfico de
Joaquín Díaz, que era el único que estaba abierto. Abandonamos la localidad con la sensación de que esa idea genial de establecer una Villa del Libro
no ha obtenido los resultados esperados y que, quizá, un poco más de publicidad
y de entusiasmo no le vendría mal.
Villa del Libro dentro del recinto amurallado.
Antes
de llegar a Valladolid por carreteras comarcales flanqueadas por cientos de
molinos de viento, hacemos una parada en San Rafael de la Santa Espina. El
pueblo es muy pequeño, pero cuenta con dos atractivos que no hay que dejar
pasar: el monasterio de la Santa Espina, donde aún hay monjes cistercienses, y
el Mesón el Rincón del Labrador, un famoso local donde se pueden comer excelentes platos
de caza y una gran variedad de setas. Después, ya alcanzada la bulliciosa y
siempre viva Pucela (con diferencia, el municipio más grande de Castilla y León),
uno recuerda con nostalgia la paz de los montes de Torozo, y saludable que es
vivir en el campo… de Castilla.



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