martes, 1 de enero de 2013

El cuerpo, de Oriol Paulo



Dicen las estadísticas que el cine español está mejorando sus cifras. Pero las estadísticas nunca contemplan el matiz. Y el matiz es que cada vez se produce menos (al reducirse las subvenciones se reducen también esas producciones que no llegan a estrenarse en las salas), y lo que se produce suele ser de mayor calidad, o al menos más rentable. 


El cuerpo es una de esas películas españolas que se atreven con los géneros siguiendo la exitosa vía que abrieron los Bayona, Balagueró, Monzón, etc. En este caso, el género elegido es el suspense. A decir verdad, la película es entretenida y tras su visionado el sabor de boca no es malo, sobre todo porque la ambientación está muy bien lograda (casi todo transcurre de noche, en un instituto anatómico forense), porque tiene ritmo y porque es capaz de captar la atención del público desde el primer minuto hasta el final. Le fallan, sin embargo, algunas interpretaciones y una parte del guion; el giro final, en mi opinión excesivamente radical. 


La desaparición del cuerpo de una mujer recién fallecida (Belén Rueda) del instituto anatómico forense, lanza la primera pinza de un guión enrevesado que, no obstante, equilibra muy bien el ritmo entre el tiempo presente (la noche en el anatómico forense) y los flashback esporádicos que nos acercan la historia de la pareja y sus sórdidos secretos. Cuando la policía entra en acción y llama a declarar al marido de la fallecida (Hugo Silva), se establecerá un pulso entre dos mentes criminales; la del marido y la del inspector de policía (José Coronado). El marido es sospechoso de la muerte de su esposa y el inspector, consciente de ello, hará todo lo posible para debilitarlo y lograr que confiese. Pero en realidad, el inspector, de cuya vida también hemos visto algún flashback esporádico, sabe más de lo que parece. Debido a ello, la historia cambia por completo en el tercer acto, cuando la trama de un giro brusco y, a modo de flashback y por medio de una voz en off que nos explica las veloces imágenes que aparecen en pantalla, vemos que nada es lo que parece y que el argumento iba por otros derroteros. 


El problema de este giro final es que no está previsto en ninguna de las posibilidades o cábalas que un espectador pueda hacer sobre la resolución del misterio; el guión no deja pistas suficientes (o suficientemente claras) a lo largo de la película para pensar que una posibilidad tan remota y enrevesada pueda suceder, y, por lo tanto, el giro final sorprende en exceso. Las piezas están bien colocadas y encajan, pero quizá no son suficientemente visibles para el espectador, lo cual provoca que la explicación del misterio sea discursiva y parezca forzada y poco verosímil. El truco del giro final, más viejo que la orilla del río, no es malo en sí mismo,  sino cuando se interpreta mal. 


En cualquier caso, el debut en la dirección de Oriol Paulo deja patente que en España hay infinidad de autores dispuestos a experimentar, a probar cosas que tradicionalmente no se han hecho en este país y a permitir que los espectadores podamos respirar un poco de aire fresco dentro de ese armario con olor a rancio y ropa apolillada que es la industria del cine español.